MELO, en tres entregas

PRIMER TERCIO

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De cómo los pibes de Fósforo emprenden viaje hacia la ciudad de Melo para asistir a la final de selecciones de la OFI, y las aventuras que encontraron.

Cuando era chico no tenía noción alguna del interior. En una familia obligada por imperativos laborales a hacer un desorientador ping pong por distintos países (México, España, Japón), las escalas eran demasiado grandes para asumir una segmentación de Uruguay en departamentos, ciudades, ni hablar de barrios. Lo más cercano a otra ciudad una partición territorial para un niño con semejante matete geográfico era ir al Prado, o al Centro –lugar que recuerdo que por la profusión de neón y marquesinas a mis cinco años había pensado que era Las Vegas.

Las referencias al interior fueron llegando mucho más tarde, principalmente por un tío salteño, que me hacía cuentos de aquel lugar que yo, por asociarlo con Horacio Quiroga, siempre había construido en mi imaginación como el escenario tropical de las historias de Cuentos de la selva. Con el tiempo visité algunos departamentos, incluyendo Salto (aunque el vínculo con aquel departamento quedó más que nada asociado a las Termas del Daymán, cruzar a Concordia para comprar championes y ver el BIG Channel), Canelones, Lavalleja, Colonia, Maldonado y Florida, pero la idea de lo que es “el interior” la seguí manteniendo a base de los cuentos de mi tío y su familia. En esa construcción, las historias de fútbol eran un pilar fundamental a la hora de cimentar las bases de ese mundo tan, al menos en apariencia, distinto al de la capital. Había una anécdota en particular –el hecho de que fuera real o inventada no le restaba gracia- sobre una final de la OFI entre Salto y Paysandú en la que, tras un robo sistemático de pelotas de parte del equipo salteño mientras iba ganando (escondían todas las que iban a parar a las gradas), el juez se hartó y terminó el partido antes de los descuentos, dándoselo por ganado a los locales. El centro del chiste va en un hecho de violencia ocurrido a la salida del encuentro, en el que los hinchas de Paysandú vieron a un integrante de la parcialidad del otro equipo caminar con una protuberancia en la espalda de la camiseta y, pensando que llevaba una de las pelota como trofeo de guerra, le metieron un cuchillazo diciendo “te la vas a llevar, pero pinchada”. Para sorpresa de los violentos miembros de la barra sanducera, debajo de la camiseta no se escondía ninguna pelota, sino una joroba. Aquel comentario “te la vas a llevar, pero pinchada” se convirtió en casi un latiguillo familiar, pero yo nunca dejé de pensar qué habría sido de aquel jorobado y de cómo se debe sentir acuchillar una joroba.

Entre otras historias, cada vez que varios de los amigos de mi tío se juntaban hablaban de un tal Mendizábal, un goleador de aquellos pagos que supuestamente era mejor que Morena, pero que nunca se quiso ir de la ciudad para jugar en primera. Pronto fui enterándome de un montón de otros jugadores que podrían haber sido estrellas si no hubiesen mantenido su orgullo paisano, si no los hubiesen cagado dirigentes y empresarios de la capital, si no se hubiesen quebrado los meniscos laburando en el campo, si no se hubiesen vuelto unos borrachos antes de tiempo. Con el tiempo, la OFI se fue construyendo en mi cabeza como un lugar mítico, un lugar donde regía un mundo, un canon y leyes alternativas a las de las referencias de primera división, un lugar lleno de encuentros históricos de los que no tenía idea, una legión de fantasmas campeones del pluscuamperfecto del subjuntivo.

Empachado por esa máquina de chorizos proustiana, supe que Fósforo tenía que cubrir la próxima final de la OFI, plan al que Esteban, Radi y Gabriel se prendieron inmediatamente. Seguimos las semifinales, expectantes por saber cuál sería nuestro destino. Luego de varios agónicos partidos, los finalistas fueron Cerro Largo Capital y Soriano Capital, equipos que tras un magro cero a cero en el primer partido de ida definirían en la ciudad de Melo.

A las doce del mediodía del sábado, nos subimos todos al auto de la madre de Gabriel, y partimos por la ruta 8.

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melo

Esteban y Radi compartieron un asado de tira

Paramos en una estación de servicio a las afueras de Montevideo para comprar víveres dispensables y alcohol indispensable. Todas las cajas de whisky en las góndolas están vacías: uno las tiene que llevar a la caja y después te colocan la botella adentro. Un poco para no quedar tan mal, pero más que nada porque sí, le pido a la empleada que nos envuelva la botella de caballito blanco como si fuera un regalo. Es un pequeño chiste interno, pero la empleada parece entenderlo antes que el resto de los pibes y con una sonrisa me pregunta si prefiero un moño rosa o celeste. Elegimos el rosa y me invento para mis adentros una historia de amor tortuoso con una chica de Melo, o Brasil.

Breve escala para comer en un parador de la ciudad de Minas y proseguimos nuestro camino, que nos lleva a toparnos con un solitario memorial de la batalla de Arbolito. Entre la inmensidad verde de la cuchilla se alza el monolito blanco, que en la luz del sol poniente adquiere un tono violáceo. Recuerdo uno de mis juguetes favoritos de la infancia, un dinosaurio de cuernos al que bauticé como “Diente púrpura”, por más que no tenía ningún diente de dicho color. El mausoleo es eso, un colmillo perdido, clavado en el campo, aquellos tiempos en que colorados y blancos tironeaban de aquel pedazo de historia como dos perros que se disputan un hueso.

Detrás del monolito se alza otro más pequeño señalando el preciso rincón donde falleció “Chiquito” Saravia. En él se sigue el suplicio del hermano mayor de Aparicio relatando lo que sucedía con él minuto a minuto: las heridas causadas por cuchilladas y balazos, su traslado, su muerte. Resulta extraño presenciar una descripción tan cronometrada de un suceso que uno imaginaba regido por coordenadas temporales más laxas.

En la parte trasera hay una placa que indica el croquis del combate, detallando la integración de las columnas coloradas y blancas por números. Al rato caemos en la cuenta de que los números figuran en carteles colocados en la inmensa extensión de campo que rodea el mausoleo. Resulta curioso que siendo un monumento evidentemente blanco, la perspectiva visual que uno maneja es la de las fuerzas coloradas. Por ahí estaba la columna liderada por el Chiquito. Más acá, la de Justino Muniz, el blanco que combatió a los blancos. Por allá lejos, muy lejos, detrás del río, un cartel casi invisible delata la locación de Aparicio Saravia. Nos quedamos un tiempo, imaginándonos las columnas prontas a la batalla. La sensación es extraña, como si aquel modelo a escala humana, en lugar de hacer más realista lo representado, convirtiera la realidad en una versión a escala de un modelo. Como si de golpe nos hubieran arrojado a una maqueta de tamaño natural.

Sacamos algunas fotos, pero en pocos minutos el lila del cielo se vuelve violeta intenso y la noche se desploma sobre nosotros.

El padre de Gabriel Delacoste le sugirió que si viajaba a Melo debía usar un sombrero

El padre de Gabriel Delacoste le sugirió que si viajaba a Melo debía usar un sombrero

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Desde la ruta 8 un conglomerado de luces anuncia la proximidad de Melo. Uno calcula no más de diez minutos en línea recta, pero en los últimos tramos la línea de asfalto serpentea, aproximándose a la ciudad de forma elíptica, con la paciencia de un tiburón.

La entrada sorprende por las avenidas, curiosamente anchas en comparación a la mayoría de las ciudades del interior. Nuestro hostel queda en la calle Saravia (hipotetizamos cuántas cosas deben estar bautizadas en honor al prócer blanco) y al detener el auto, el primer melense al que pedimos indicaciones nos responde en un español veloz, entre hálitos, con cierto aire portugués, pero diferente al portuñol de Rivera.

El hostel tiene un aire a pensión. Es regenteado por una señora de alrededor de sesenta años, secundada por un caniche que ladra valientemente a y huye cobardemente de cualquier cosa que se mueva bruscamente. Adivino el nombre del perro en un set de fotos de impresora enmarcadas en vidrio, con el título “Toby” en letra Arial fucsia. Hacemos yapeyú para ver quién se queda en cual habitación. Esteban y yo nos quedamos en una habitación que da a la recepción, Gabriel y Radi en una que da al frente, con dos camas simples y una de dos plazas que se disputan al mejor de tres juegos de piedra, papel, tijera. Gana Radi.

Nuestro cuarto es ordenado, con dos camas con fundas color violeta intenso y un televisor pequeño encastrado en la pared. En la pared cuelga un cuadro de dos orcas inmortalizadas en uno de esos fotogénicos saltos coordinados, sólo que por alguna razón está colgado al revés, generándose un extraño efecto coreográfico.

Nos encerramos unos minutos en la habitación de Radi y Gabriel, llenamos los vasos con whisky, brindamos por Fósforo y Melo, hacemos fondo blanco, armamos unos y salimos al partido.

***

La caminata por Aparicio Saravia es un tanto extraña. Contrastando con la tremenda profusión de motos y automóviles que percibimos al entrar a la ciudad, el camino está casi desierto a lo largo de nuestro trecho. Cuando termina la calle ya no nos tenemos que guiar por indicaciones: reconocemos el estadio por los luminosos focos de luz blanca que contrastan con el espeso amarillo del tungsteno que inunda la ciudad.

Nos damos cuenta de que la soledad de la calle se debía a que gran parte de la gente estaba concentrada en el estadio. El Ubilla es mucho más lindo de noche que el que suele ser televisado en los partidos diurnos. Difícilmente haya estado en un estadio con semejante red lumínica, por momentos incluso exagerada, dándole a aquel trozo de terreno la apariencia de ser un lugar de avistamientos iluminado por ovnis que vuelan bajo.

Con la entrada a sólo cincuenta pesos el público abarca todas las edades, con una curiosa cantidad de madres e hijos en lo que vendrían a ser las tribunas América y Amsterdam (manejándose con la perspectiva de la tribuna principal con los sets de radio y televisión como si fuera la América). En la Colombes se concentra la principal barra, “la 22” de Cerro Largo. Separada de ésta, a escasos metros, está cercada la tribuna visitante de Soriano Capital, conformada por un público notoriamente familiero, con fuerte presencia de cincuentones y sexagenarios.

Una familia vende chorizos y bebida a 45 y 15 pesos, respectivamente. El bajón pega a Delacoste, pero lo contenemos, postergando la comida para el entretiempo. En la tribuna de La 22 hay una extraña diversidad. Hay dos barras que parecen dirigir los cánticos, uno de ellos llevando los platillos, coronado por unas delgadas rastas y dientes irregulares. Las canciones suelen caer en determinados solapamientos, como si un importante grupo de de los allí presentes no hubieran ensayado con el resto de la barra. Haciendo nuestras primeras preguntas periodísticas, nos damos cuenta de que salvo los mayores –con la spica pegada a la oreja como si fuese un parásito de Alien-, pocos son los que conocen a fondo la campaña y el plantel de Melo, siguiendo  un poco más de cerca el desempeño del equipo de Cerro Largo de Primera Division. Esto también se percibe en los bombos, redoblantes u otros equipos, en los que se ven los escudos de Nacional, dando a pensar que hay una doble vida de hincha dentro y fuera de los campeonatos de la OFI. La entrada del equipo arachán es acompañada por una batería de fuegos artificiales que no tendría nada que envidiarle a Nacional o Peñarol. Entre el humo azul y blanco se divisan los jugadores ya formados para entrar al partido. El juez pita y se corre el telón de una noche que podría cambiar la historia futbolística de Melo.

(Fin del primer tercio)

Leer segundo tercio

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