¿De quién se ríen?

Algo siempre me llamó la atención del humor uruguayo. Más bien, del considerado “humor inteligente”, aquello que se distancia de la grasada espantosa de ex-carnavaleros pasados de peso, pelados pelirrojos a los que pasados los 50 años les sigue pareciendo graciosa la caca (no los culpo) o políticos fracasados que se reconvierten en payasos con moraleja. Hablo del humor de la clase media, de los universitarios montevideanos.

Si bien no están solos en esta categoría, me voy a referir a Darwin Desbocatti y al Cuarteto de Nos1. Uno, comentarista radial de noticias y columnista de Búsqueda, y los otros, una banda de pop que pasó de ser rara a decir que es rara, son productos bien distintos, pero dos cosas los unen. La primera y obvia, es que son de buena calidad. Yo los disfruto y es evidente que en su trabajo hay ingenio y oficio. La segunda, es su recurrente uso (en el caso del el Cuarteto, por lo menos hasta el disco “Raro”, último que escuché con dedicación) del humor negro, la parodia, la provocación y la burla, nunca exentas de crueldad.

Lo que me causa problemas no es esa crueldad en sí, sino su significado. Todos podemos estar de acuerdo en que “No somos latinos” es una burla a la cultura popular izquierdista, a la ritualización y cristalización de las consignas de los ’60, a las apropiaciones hipócritas y hasta ridículas de la naturaleza indígena de América Latina y a la creación en Miami de una cultura latinoamericana tan homogénea como artificial. Ahora, la canción no se agota allí. Dice, por ejemplo, “tengo más en común con un rumano que con un cholo boliviano” y “yo me crié en la Suiza del sur”. ¿Esto también es una parodia, ahora de las ínfulas europeas del Uruguay? ¿O es una reafirmación, una participación en esas ínfulas? ¿Se crió Roberto Musso (en los ’60) en la Suiza del Sur?

Para mi generación de rockeritos que se sentían especiales por ir al Pilsen Rock y fumar porro, esta canción era un grito de guerra contra “los cumbieros”, un himno generacional para los que surfeamos la ola del rock nacional post-crisis. Hoy lo vuelvo a escuchar y siento algo de vergüenza, primero que nada de mi mismo, por participar del odio a “los cumbieros”, que en realidad eran los planchas, que en realidad eran los pobres, que por ser pensados como “latinos”, el odio a ellos se configuraba como un clasismo racista que anticipó a la verdadera explosión de odio racial y de clase que acompañó al creciemiento de “la inseguridad”. Pero en segundo lugar sentí algo de vergüenza por la canción en sí, que todavía no termino de estar seguro de si es una parodia al delirio primermundista de los ’90 o parte de el. Quizás es las dos cosas, y seguramente no importe.

Algo parecido pasa con “El putón del barrio”, simpática marcha (como decimos a eso que ahora se llama “música electrónica”) que cuenta la historia de una chica cuyo defecto parece ser que coje mucho, o demasiado. La canción muestra lo ridículo del odio grotesco a la “puta”, eso que los yanquis llaman slut shaming, pero en el camino de mostrar su ridiculez lo muestra en sí, y de hecho lo reproduce. Nuevamente, volviendo a escuchar la canción después de unos años me resulta mucho menos sofisticada, y en una de esas el mensaje es simplemente “jaja que puta que es esta mina”.

Las canciones se pueden disfrutar de las dos maneras, y seguramente en esa ambigüedad radique su éxito. Los humoristas no son científicos, y todos sabemos que un chiste explicado pierde su gracia.

Algo parecido ocurre con Darwin Desbocatti. Sobre él siempre me pregunto si parodia a un viejo de mierda que cree que su mala leche (de, por ejemplo, pasar media hora burlándose de alguien por gordo o del lenguaje inclusivo, o quejándose de los sindicatos) es “políticamente incorrecta”, o si efectivamente es uno.

Cabe preguntarse si Darwin es, queriéndolo o no, más que una burla al sentido común reaccionario y pelotudo, su mejor representante: la voz que puede decirlo en público sin recibir las críticas que recibiría si lo dijera “en serio”, escuchando cada quien lo que quiere escuchar. Los progres podemos reirnos con el bufón que representa el sentido común, mientras los demás pueden sentirse representados por alguien que “canta la justa”.

Alguna vez leí, en una entrevista que se le realizara, al propio Tanco consternado por cómo se lo tomaba en serio. Él mismo se esforzaba en aclarar que todo era un chiste. El problema es que efectivamente se lo toma en serio, en parte gracias a sus momentos de genuina brillantez (satírica y analítica) y en parte porque después de años escuchando esa voz deformada nos acostumbramos a ella y nos olvidamos que es un personaje. Si Jon Stewart es nombrado por las encuestas estadounidenses como el informativista más confiable, no es ninguna sorpresa que Darwin Desbocatti sea el analista político más tomado en serio, sobre todo dada la cantidad de fruta que tiramos los analistas serios en los medios de comunicación.

No hay por qué responder estas preguntas, pero si el humor tiene supuestamente el fin noble de ridiculizar a los poderosos2, realmente cuesta pensar que los indios bolivianos o una gorda sean el mejor blanco para la parodia. Da para preguntarse, a veces, cual es la diferencia del “humor inteligente” con cualquier bully que agarra de punto a alguien en los pasillos de un liceo, o con un empresario que se queja de los impuestos y de que los maestros no trabajan.

También es cierto que después de ocho años de gobiernos de izquierda, y a quizás cincuenta años de la imposición de una (ahora moribunda) hegemonía cultural de izquierda, se hace difícil designar a “los poderosos”, especialmente dadas las cada vez más frecuentes campañas de concientización y de acción estatales que transforman la moralina progre en razón de Estado.

Al mismo tiempo, los que uno se imagina como los verdaderos poderosos -las empresas trasnacionales, por ejemplo- se presentan como intervenciones abstractas sin cara y sin historia, tan difíciles de parodiar como de hacer aparecer como sujetos políticos con los que antagonizar.

No busco en absoluto sugerir una censura “políticamente correcta”, pero sí pensar en qué hacen estos artistas (más allá de lo que quieran o busquen hacer) y qué efectos tienen en las maneras cómo se piensa y se representa lo social. Es que la libertad de expresión no exime de pensar antes de hablar, especialmente porque la (necesaria) barrera que impide que el humor pueda ser criticado como si fuera un discurso serio no impide que cause efectos jodidos, por ejemplo, de naturalización de desigualdades o de cristalización del sentido común del que supuestamente se burla.

1Que, gracias a un razonable sentido de la estética, nunca abrazan la ridícula etiqueta de “humor inteligente”.

2Fin que, obviamente, no todos los humoristas reivindican, ni tienen necesariamente por que.

Foto: http://www.generalroca.gov.ar/explosion-de-rock-en-la-manzana/

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