Adelantos: Eucaliptus (Agustín Acevedo Kanopa, Estuario)

EUCALIPTUS-Agustin-Acevedo-Kanopa (1)

Como es bien sabido, los pibes de Fósforo tenemos proyectos paralelos por fuera de este espacio cyberespacial (citando a un término un tanto en boga, allá, por los lejanos 90′). Tal es el caso de Agustín Acevedo Kanopa, que este jueves 5 de setiembre presenta en Kalima (Durazno y Jackson) a las 19:30 hs su último libro de cuentos, Eucaliptus (publicado por la editorial Estuario y ya disponible en librerías).

El espacio de adelantos que Fósforo tiene proyectado siempre incluye un espacio previo de curadoría del material a presentar, pero por razones bastante obvias vinculadas a la endogamia inevitable que implica adelantar el trabajo de uno de sus miembros,  preferimos ahorrarnos ese espacio y meramente poner, antes de un extracto de “El tilo”- uno de los siete cuentos que forman parte de Eucaliptus- el texto de contratapa y dos videos en los que se indagan algunos aspectos del estilo e influencias del autor.

Los esperamos este jueves.

“Un viaje enrarecido a la Costa de Oro. Un levante en un bar en medio de la noche. Los secretos que guarda un ciego suicida en un patio de Vilardebó. Conversaciones grabadas furtivamente en salas de espera. Agustín Acevedo Kanopa escanea la realidad como un investigador obsesionado por los pliegues de la vida cotidiana. Cada acción, gesto o movimiento arraigan en la profundidad de unos procesos mentales descritos con toda claridad. Los relatos se despliegan en capas sucesivas de registros: múltiples recuerdos que evoca una mirada, disrupciones que se convierten inadvertidamente en la historia principal, desvaríos que surgen de la lucidez. La continuidad entre todos estos mundos es asombrosa, afirmada en la escritura poderosa y vital que no para de contar historias dentro de otras. Este movimiento constante e imprevisible hacia el interior del narrador nos permite tolerar, incluso sonreír al eventual encuentro con el horror hacia el mundo y hacia la mente que lo delira”

Leandro Delgado.

Extracto de El tilo (pág. 127-131)

“Cada tanto Marcelo hace algún movimiento, le tiembla un labio, cierra más fuerte los ojos. Carmela estuvo con la vista perdida en el techo, pero terminó concentrándose en su esposo dormido. Los niños cuando duermen se parecen a lobos. Lo escuchó en algún lado, pero no sabe bien en dónde. Viendo a Marcelo, piensa en un código para descifrar lo que está soñando. Cuando de golpe le trepidan los párpados, piensa en que acaba de presenciar una explosión, que se le viene un pájaro al rostro. Cuando mueve los labios piensa en si estará diciendo algo, si estará comiendo, abriendo algo con los dientes, o besándola a ella, o a otra mujer.

En el dormitorio hay un cuadro extraño, a vivos colores, entre rojos y azules, de lo que parece ser un esquiador en pleno slalom. El rostro permanece completamente oscuro, como si se hubiese puesto una máscara de esgrima. Lo único que puede percibirse en aquel círculo negro son los ojos resumidos a dos puntos rojos, lo que le da al esquiador un cierto aire a robot. No es que el cuadro le inspire miedo —al menos no lo sabemos a ciencia cierta— pero es una referencia que parece inexpugnable, algo cuya presencia ha ido tomando poco a poco la habitación. Cuando se despierta, lo primero a lo que van sus ojos, en lo primero que buscan una referencia, es el cuadro, más específicamente los dos puntos rojos. Recuerda un viaje por Brasil que había hecho con su familia cuando tenía doce años, uno que había empezado por Río de Janeiro para ir rodeando la costa, hacia el norte, pasando por Vitoria, Porto Seguro, Salvador de Bahía y Maceió, hasta terminar en Fortaleza. Recuerda despertarse en distintos hoteles, sin saber dónde estaba. Se quedaba acostada en la cama, buscando alguna referencia en la habitación, pero todo era demasiado blanco, demasiado borrado de cualquier referencia. Al final, terminaba reconociendo el lugar por algo de su cuerpo, una trencita con cuentas que le habían armado en una carpa de la playa, una quemadura de sol que sentía a la altura del hombro, un machucón en la rodilla que se había hecho al intentar subir a unas rocas. Ahí, en ese momento, reconocía en su cuerpo ese pedazo de mapa que le faltaba y ahí podía decir “soy Carmela, tengo once años, estoy en una habitación de hotel”.

Le ha costado dormir los primeros días en el nuevo balneario, pero siempre se abandona al sueño y se despierta con la misma referencia de los dos círculos rojos. Le daría culpa descubrir que ya son más de las tres y ha estado largo tiempo dando vueltas sobre la cama. Se sienta al borde, sintiendo el frío de la losa sobre los pies. Se queda viendo la pequeña línea de encaje del camisón, un poco áspera sobre los muslos. La puerta está abierta y lo único que ve del cuarto de Maxi es la luz roja de la tableta para los mosquitos. Le gustaría salir al fondo y sentarse en el pasto, sentir el rocío sobre sus nalgas, pero la escena le parece medio absurda a la distancia. Piensa que tiene amigas con las que hablar, que hay muchas cosas por hacer, pero todo se va reduciendo a sus pies, a sus uñas, a una uña, a un pequeño claro en el esmalte de una uña.

Así, sentada al borde de la cama, se da cuenta de que hay algo que se repite, algo que había olvidado y que la acaba de visitar, en su propio cuerpo, como si fuese un fantasma. Fue al poco tiempo de aquel viaje a Brasil, o posiblemente fue a partir de aquel mismo viaje. Su madre había empezado con los insomnios, quejándose de un dolor de espalda que nunca se acababa, por más calmantes que tomase. Durante la noche, desde su habitación, se podía escuchar los pasos de la madre por toda la casa. Una heladera que se abría, un libro que se caía de un estante en el living, el entrechocar de platos, el agua de la pileta, una licuadora que se prendía, los pasos de su madre, los tacos de su madre, las pantuflas de su madre, los pies de su madre yendo de un lado para otro. Aquel sonido la aterrorizaba. Sabía que los pasos no eran de ladrones, pero solo podía recaer en eso, en la idea de un desconocido revisando pequeños detalles de su casa, o una comadreja que entró por una banderola y se quedó comiendo restos de comida en los platos de la cocina.

Fue por aquellos tiempos que su madre comenzó a ser otra persona. Todo podía estar tranquilo, pero a partir de cierto momento, la madre comenzaba a gritar, encerraba a ella y a su hermana mayor en el cuarto, incluso, a veces, no la dejaba ir a la escuela. Nunca llegaba a entender del todo por qué, pero después, al rato, la madre reaparecía en la habitación, cayendo con algo que había comprado para ella, un juguete, una golosina, y era como si nunca hubiese pasado nada. Carmela (nuevamente, puede ser que no pensara en eso, pero supongamos que sí), se preguntaba sobre cuál de esas dos madres era la que caminaba en las noches.

Un día, Carmela tardó en levantarse para subirse a la bañadera de la escuela y la madre la sacó de un tirón de la cama y la hizo ir de pijama. Era otoño y estaba frío, con ella descalza, en la calle, con un pijama de un dibujito animado, contra el borde de la vereda. Pocos niños la vieron, solo riéndose desde la ventanilla dos hermanas que cursaban en años diferentes. Recuerda la mano de su madre tironeándola, haciendo esperar en la vereda, la cara del conductor de la bañadera, con un profundo disgusto, no hacia ella (como en principio pensaba), sino a su madre. Recuerda que el conductor se bajó y le explicó a la madre que no iba a subir a Carmela así. Recuerda las palabras y el bigote del conductor, diciéndole que “de ninguna manera esa niña se va a subir de pijama a su auto”. Cuando se fue, en aquella camioneta amarilla y blanca, con ella quedándose en la vereda y su madre puteando para adentro, vio (o creyó haber visto) en uno de los espejos retrovisores, los ojos del conductor mirándola con profunda tristeza. Aquel rostro fue la primera vez que sintió en carne viva la compasión, la mismísima humanidad.

Durante todo aquel año, Carmela se empezó a despertar agitada en el medio de la noche. Se levantaba y se vestía para ir a la escuela, sin saber qué hora era, con la túnica y la moña, con la mochila pronta a su lado, sentada en el borde de la cama, escuchando los pasos de su madre.”

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