Papanamericano

La llegada de Jorge Bergoglio al trono de San Pedro amontona novedades sorprendentes. Desde su presentación en sociedad, el primer papa jesuita, latinoamericano y argentino entusiasmó con algunos mensajes a los fieles de la Iglesia Católica, pero también a varios que no lo son. Habló en italiano y no en latín, se vistió con sotana blanca, esquivó las joyas, anduvo en bondi, usó la palabra “pueblo”, le sacó la mampara al Papamóvil, mencionó su origen en “el fin del mundo”. Su mensaje insinúa una Iglesia caminante, austera, cercana a los pobres. La euforia renovadora cunde entre los críticos de la jerarquía de las últimas décadas –incluso a los más cercanos a la teoría de la liberación, como Leonardo Boff- y en especial de los dos anteriores pontífices. Pero también se extasían los que abundaron en elogios hacia esa etapa reaccionaria, filointegrista, marcada por Juan Pablo II y Benedicto XVI. Todos están contentos. Y hasta los líderes de nuestra región se suman al festejo. El venezolano Nicolás Maduro, en alarde de misticismo caribeño, lo vincula con Hugo Chávez. El ecuatoriano Rafael Correa lo ensalza cuantas veces puede. El gobierno brasileño adopta otro estilo, pero confluye con el tono de alegría. Evo Morales dice estar “sorprendido” y “emocionado” por el nuevo papa latinoamericano. Mujica, que lo visitó en el Vaticano durante su última gira europea, se refiere a él como “un amigo del barrio” y lo pone como ejemplo de la austeridad que tanto predica. En este último caso, la analogía limita con lo suspicaz: Mujica tiene un Fusca azul, Francisco un Renault 4. Paco subió a Gonzalo Aemilius al escenario de su primera misa, el Pepe asumió con “el Pinduca” sentado en el estrado. Uno llama a un ayuno contra la guerra en Siria, el otro pide sustituir las bombas por galletitas y leche en polvo.

La tónica sobresaliente es de exaltación. La razón de la masiva buena onda: que Francisco está emprendiendo una reforma de la Iglesia que incluye una promesa divina. Algunos la dan por cumplida con los primeros gestos, hábilmente mediatizados, trazando paralelismos inevitables con el Comité Nobel que entregó el premio de la paz a Barack Obama cuando lo suyo apenas eran declaraciones de intenciones. En Argentina, la emoción es compartida. El gobierno celebra a voz en cuello el advenimiento de un papa peronista. La oposición está convencida de que el pontífice intervendrá a su favor, de algún modo u otro, en la política doméstica. Las dos barras celebran al unísono haber conseguido un aliado dotado de poder y capital simbólico. El kirchnerismo intenta transmitir la idea de una relación de nuevo cuño entre dos protagonistas que se conocen y que en el pasado atravesaron varias turbulencias. Francisco hace guiños al relato oficial: le regala a la presidenta un par de zapatitos para su nieto Néstor Iván, le dispensa un trato cordial, la agasaja en el Vaticano, le dispensa el honor de ser la primera en visitarlo en su nuevo domicilio. Todos los análisis coinciden en un punto: la inteligencia política ganó la escena del Vaticano. La iniciativa papal, que escapa a todas las normas, deja con apetito a quienes esperaban confrontación entre el Sumo Pontífice y las autoridades del Estado argentino. Si se lo mide en términos de estrategia, el primer paso político que dio Francisco tras la inauguración de su pontificado consistió en mostrar públicamente que quien aparecía hasta ahora como su adversaria se convertiría ahora en una especie de nieta rebelde, pero querible.

Cada uno en su puesto y en el personaje que encarna, Francisco y Cristina hicieron circular desde el primer momento un mensaje conciliador. Todo juega en el make up de la foto: hasta los colores que, así sea por razones fortuitas, visten. Uno, todo de blanco. La otra, toda de negro, como dos opuestos que ahora se complementan. De las palabras del papa, reseñadas por Cristina Kirchner tras su primera visita, sobresale la mención a “la Patria Grande”, un término empleado por muchos de los presidentes actuales en Sudamérica. Casi intraducible para los gringos, la elección de ese tópico insinúa pertenencia. Es cierto, Francisco ya no es Jorge Bergoglio, es Francisco. Pero, ¿qué queda de aquél cura reaccionario, que cuestionaba “el exhibicionismo y los anuncios estridentes” del kirchnerismo? ¿Qué fue del hombre que criticaba “los intereses mezquinos” de Hugo Chávez? ¿Qué pasó con el tipo que había callado frente a las complicidades de la Iglesia con la dictadura argentina? No hay respuestas. El papa, se dice, tiene otra misión, otra dimensión, otra función, otro rol. Hasta tiene la facultad de elegir su nuevo nombre, como una especie de renacimiento. Francisco es más medido que Bergoglio. Francisco canta, Bergoglio grita. Bergoglio preanuncia a “Satanás” cuando se trata de opinar sobre el matrimonio igualitario. Francisco preanuncia a las estrellas de rock en su visita a Río de Janeiro y se pregunta quién es él para juzgar a los gays. Bergoglio buscaba fama. Francisco quiere gloria.

La garantía de origen latinoamericano peca de exceso de simplismo o fantasía: el mayor riesgo de un papa latino empoderado en Roma lo trasciende. Y consiste en que, al calor del nuevo clima, la Iglesia recupere espacios políticos que se le han achicado en el corazón de América Latina. Los gobiernos de la región limitaron ese poder corporativo, en parte por su intuición acerca de la imperiosa necesidad de fortalecer el poder político y en parte por contingencias coyunturales. Algunos países avanzaron en conquistas inéditas tiempo atrás en materia de derechos, perforando siglos de dominación patriarcal. Derechos de la mujer, ley del divorcio, matrimonio igualitario, despenalización del aborto… la lista es larga. Pero, ¿cómo impactará la activa y sutil práctica política del nuevo enviado de Dios en estos avances culturales y políticos? ¿Tendrá, Francisco -ungido por el mismo cónclave que invistió a Juan Pablo II y Benedicto XVI- un papel similar en América Latina al que tuvo Juan Pablo II en la caída del comunismo en Polonia y Europa del Este? Todos festejan el advenimiento de un nuevo papa, celebrándolo como la llegada del mesías. Conservadores y progres, derecha e izquierda, católicos y paganos, Gonzalo Aemilius y el Padre Mateo, el Opus y sus más radicales enemigos. Uno de los dos, por lo menos, la está pifiando.

Anuncios