Un apunte sobre el Estado, los partidos de izquierda y la emancipación

 Los cuerpos conceptuales a través de los cuales construimos nuestro conocimiento han determinado la manera en que este se erige. Sea a través de la búsqueda de leyes naturales y universales, o del cuestionamiento del carácter científico de las ciencias sociales, las bases y el sesgo epistemológico de nuestro saber se expresan y reproducen a través de la acción. Es un sesgo político, de consecuencias políticas1, que hace a lo que es el sujeto de conocimiento. Pensar, y pensarse desde la izquierda no escapa a ello.

Con esto en mente, pretendo esbozar un razonamiento teórico en cuanto a uno de los tantos posibles efectos del sesgo epistemológico del saber. Para ello, haré referencia a un Frente Amplio (FA) del que me desembarazaré rápidamente.

Un año y algunos meses le restan al segundo gobierno nacional del FA y es muy probable que Tabaré Vázquez sea quien asuma la presidencia en marzo del 2015. Pese a ello, ha sido una constante cierto descontento desde la izquierda sobre la izquierda que gobierna y que ha gobernado. Este -a grandes rasgos- se ha plasmado en críticas que han acusado a las gestiones frenteamplistas de comprometerse, respaldar y reproducir el sistema económico neoliberal, y de mantener una política exterior -y en parte interior- afín a la de sus principales promotores. Para un sector de quienes votaron al FA no alcanza con lo que se está haciendo, en tanto que se reclama la profundización, reformulación e implementación de ciertas políticas que sean “verdaderamente” de izquierda.

Esta coyuntura es atractiva para desarrollar un razonamiento que busque enfocarse en ciertos elementos que no rondan en torno a una crítica o defensa puntual del FA, sino que las trascienda.

Salvo Jorge Batlle, para quién el gobierno de José Mujica es “marxista-leninista”, parecería poco probable que el común de la gente acuerde que las gestiones frenteamplistas hayan aspirado a instaurar la dictadura del proletariado con el Socialismo en su horizonte. Pero, ¿que pasaría si Batlle tuviera razón y si ese fuera realmente el fin de los gobiernos frenteamplistas? ¿qué tan viable sería la implementación de ese proceso de emancipación2 por parte del gobierno?

¿Qué capacidad real tiene un partido de izquierda en el gobierno de implementar reformas estructurales de “izquierda”, de efectos emancipadores, que trasciendan/superen el Estado y que cualitativamente puedan considerarse un paso adelante en pos del ideal socialista?

Con ello no pretendo suponer que la acción política per se sea insuficiente, ni considerar la influencia que tiene el funcionamiento del sistema de partidos en la producción política, es decir, las trabas que podría imponer a la aplicación de un proyecto de esa índole, sino suponer como una de tantas aproximaciones epistemológicas, y a modo de hipótesis tentativa, la gubernamentalidad de los partidos políticos3. De acuerdo a la lógica de la gubernamentalidad de Michel Foucault, estos, como las instituciones en general, reproducirían las relaciones vigentes de poder que en su conjunto -en la actualidad- constituyen lo que es el Estado mismo4.

De acuerdo a esta formulación conceptual los partidos políticos tendrían una limitación estructural constitutiva, una razón de Estado que les impediría ir contra este, los haría servirle y reproducirlo. Ni el Estado ni los partidos políticos serían entidades plenas por lo que un partido de izquierda en el gobierno no podría implementar proyectos emancipadores que se opongan a una lógica de Estado que actúa de límite, fundamento y fin último de la política institucional.

Por tanto, parecería contradictorio ambicionar el gobierno -y el entramado institucional que supone- con el objetivo de implementar reformas con objetivos emancipadores, dado que la misma noción de “gobierno de izquierda” sería paradójica, puesto que “gobernar” supone reproducir las lógicas predominantes de poder cristalizadas en el Estado.

El punto que plantearía esta aproximación no es el de si un gobierno de izquierda, como el del FA, sea capaz o no de desarrollar y aplicar fuertes políticas sociales -que puede hacerlo o no-, sino el problema teórico de que ninguna emancipación podría surgir de los mecanismos e instituciones que integran una razón de Estado que sólo se piensa a sí misma. Por más reformas que haga, un partido político jamás podría ser un vehículo para la emancipación, pues, como institución, sería inseparable de la lógica última del Estado.

Pensemos en otros ejemplos, específicamente en países que tienen, o que han tenido, gobiernos comunistas: China, Cuba y la URSS. ¿La gestión del Estado por parte de sus respectivos partidos comunistas (¿dictadura del proletariado?) derivó en algún momento en un proceso de extinción gradual de este? Parecería que no. Resulta interesante acusar a la Razón de Estado, la gubernamentalidad foucaultiana, como la culpable de ello, pues aventura la suposición de que el fin emancipatorio que pueda tener un partido o movimiento político es contradictorio con los mecanismos, procedimientos e instituciones que busca utilizar a través de la gestión del Estado.

Cualquier proceso de emancipación, socialista o de otro tipo, que se implemente a través de la gestión del Estado, siempre se supeditaría a esta. Si el Estado es visto como la principal herramienta de emancipación, se debe preservar a toda costa, al punto de contradecir sin dudar los postulados que se buscan implementar y defender.

Estado y emancipación convivirían y serían el producto de la articulación de diferentes mecanismos de poder. Esta última se articularía a modo de resistencia al avance del poder estatal, no a través de la negación de sus mecanismos, sino mediante su reformulación o la introducción de otros nuevos. Estado y emancipación constituirían lógicas de poder diferentes que se excluyen y se disputarían ciertos espacios.

Por tanto, un partido político no podría promover cambios emancipatorios ya que integraría la estructura de procedimientos y mecanismos que reproducen la lógica estatal de poder, que busca “colonizar” ciertos espacios de la vida humana que le son disputados por movimientos emancipatorios que articulan relaciones de poder alternativas. Las lógicas de emancipación no niegan las relaciones de poder, sino que las articulan de manera diferente, por tanto su producto sería diferente al Estado.

Estado y emancipación no son lógicas que se complementan, sino que conviven y compiten, por lo que suponer que el desarrollo de un proyecto emancipador pueda asumir una lógica estatal es una contradicción. La articulación emancipadora del poder sería diferente a la del Estado y transitaría por otros mecanismos y procedimientos diferentes a los de la política partidaria institucionalizada.

En fin, suponer la gubernamentalidad de los partidos políticos es tan cuestionable como no hacerlo y conlleva las ventajas y desventajas de todo punto de vista alternativo. Pese a ello, parece brindar insumos interesantes a la hora de pensar las relaciones que se entretejen entre los proyectos de izquierda, sus impulsores (partidos, movimientos) y sus espacios de desarrollo e implementación (Estado, sociedad civil).

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1 Ravecca P. 2010. La política de la Ciencia Política: ensayo de introspección disciplinar desde América Latina hoy. En América Latina 9. Revista del Doctorado en Procesos Sociales y Políticos en América Latina. Universidad ARCIS. Pág. 173-210.

2En este caso puntual hablo de “emancipación” en forma marxista, es decir, del socialismo. Más adelante utilizaré el término “emancipación” de forma indistinta, no necesariamente marxista.

3Foucault M. 2006. Seguridad, territorio, población: curso en el Collège de France (1977-1978).

Fondo de cultura económica.

Según Michel Foucault la gubernamentalidad es la articulación específica de los mecanismos de poder y saber cuyo producto es el Estado moderno. Este Estado no es el monopolio del uso de la violencia física legítima (como lo define la ciencia política) sino que es el resultado de la articulación específica de los procedimientos, mecanismos e instituciones que expresan las relaciones vigentes de poder. Desde este punto de vista, las instituciones (partidos políticos por ejemplo) expresan una “razón de Estado” que actúa a modo de principio de inteligibilidad de la realidad.

4 Foucault M. 2008. Vigilar y castigar: el nacimiento de la prisión. Siglo XXI.

De acuerdo a Foucault, el poder no es una propiedad que se pueda poseer y ejercer, sino que es el conjunto de los efectos de su acción, es decir, es el efecto que generan las instituciones y procedimientos al parametrizar la acción humana, o dicho de otra forma, el poder es el efecto de la acción parametrizada por las instituciones. El Estado es el producto particular de la articulación específica de una serie de mecanismos y procedimientos.

Foto: http://leniloizou.wordpress.com/2011/07/25/banksy-2/

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