Metástasis del registro I. Tres fotos, tres muertos.

 murder (1)

Foto #1: Fin de año en Manila. Hay tres mujeres en la foto: una veterana, su hija y su nieta. A la madre y su hija se las nota relajadas, más allá de que sus ojos están cerrados, quizás por la potencia cegadora del flash, quizás por el estruendo de los fuegos artificiales, quizás por las balas que en cuestión de un segundo están por atravesar el brazo y pecho del fotógrafo. Detrás de ellas, usando una gorra de baseball hacia atrás, un hombre se recuesta contra el borde del auto familiar y apunta al fotógrafo. Uno puede prácticamente sentir el clic del gatillo, justo antes de que el garage se llene de olor a pólvora y los rostros de las tres mujeres cambien por completo.

El fotógrafo es Reynaldo Dagsa, un personaje político filipino, mandado a matar desde la cárcel por un preso en cuyo proceso tuvo algún tipo de relevancia. El mundo está demasiado ocupado en cosas diferentes a políticos asesinados en Manila, pero la noticia adquiere una relevancia atípica por esa certeza escandalosamente evidente del registro fotográfico. Lo que impresiona de la foto es la contraposición entre la tranquilidad del cuadro familiar y la amenaza que se agita detrás, demasiado cerca, como si fuera una verdad que sólo adquiriera materia con la foto una vez revelada, como esos ectoplasmas que suelen salir en los viejos daguerrotipos de asociaciones espiritistas. La muerte registrada en tiempo real, live, POV (point of view).

obama-biden-clinton-bin-laden21

Foto #2: El presidente Obama y Joe Biden miran seriamente un monitor que escapa nuestra vista. En la misma mesa Hilary Clinton mira consternada la imagen y se lleva la mano a la boca, mientras apoya la otra sobre un libro. La foto –ya mundialmente famosa- circularía por casi todos los medios, bajo el copete “Osama Bin Laden fue muerto por las fuerzas norteamericanas”.

Bin Laden, personaje fantasmal si los hay, continuará siendo un espectro. Las fuerzas norteamericanas decidirán arrojarlo al mar desde una avión, evitando linchamientos, vendettas, o mausoleos, pero también –e inevitablemente- abriendo una senda de dudas, cotejos, teorías conspiratorias. Se contenta al público norteamericano con unas pocas recreaciones digitales del procedimiento militar, reproducidas una y otra vez, como una pantalla difícil de un videojuego. Esta imagen desmonta uno de los procedimientos básicos de la construcción de identidad pública del sujeto actual. Es la edad de la pantalla por delante del sistema de poleas maquinal, del sujeto espectatorial debordiano, en donde el acontecimiento construido desde el “ver a otros viendo” disloca la necesidad de tomar parte de la experiencia, del mismo acto político (la polmanía que se desató hace unos meses, tras la llegada de Paul McCartney es una de las muestras más descarnadas de este detalle: un veterano que escuchó dos o tres canciones de los Beatles, emocionadísimo de estar donde debe estar: en el Centenario, viendo desde su celular la pantalla que proyecta a McCartney, a tres cuadras de distancia)

capt_ny11412301109_aptopix_iraq_saddam_hussein_ny114

Foto #3: Al contrario de Obama, a Hussein se lo nota bastante relajado. Se deja poner un pañuelo negro alrededor de su cuello, y baja la cabeza para que la gruesa soga de la horca se le enrede como una boa perezosa. La cámara de celular capta de forma entrecortada, con zooms erráticos y disparejos a los hombres de pasamontañas llevando a Hussein a su destino final. Cuando la compuerta del suelo se abre y deja caer al cuerpo, la cámara se pierde entre el barullo de gente y de golpe aparece, como recortado de las tinieblas, la cara del finado líder iraquí, con la misma serenidad que caminó hacia la horca. El rostro firmado en directo, con el ruido del bajo ISO que registra una cámara como aquellas, desfila por las pantallas de la CNN como si fuera un sextape, convertido en GIF, editado, parodiado, hecho un poster.

Jean Cocteau decía que el cine consistía en “filmar la muerte haciendo su trabajo”. Cualquier registro, tal como se dice que temían los indígenas, es el robo de un par de segundos de vida, que quedan impresos en sales de plata o celuloide.

Sin embargo, algo parece haberse descompuesto en el mundo actual. El registro se colocó por encima de la muerte, parece haberle hecho frente, moviéndonos en un mundo de fantasmas demasiado corpóreos (el año pasado, en el último Coachella  Snoop Dogg cantó a dúo con el holograma macabramente realista del finado 2Pac). Todo queda cercenado a tres excesos del registro: el registro más allá de nosotros –que parece atravesar la barrera de lo registrado-; el registro meta, con imágenes inherentemente insuficientes que nos obligan a recrearlas por nosotros mismos; y el registro en exceso, aquel que se pierde y transmigra en la propia espuma que libera.

No es sólo sobre muerte. Cualquier elemento de la vida cotidiana ha de ser registrado, y de no ser así, es prácticamente dudable su existencia. Hoy es imposible, casi insoportable, comentar un tema sin adjuntar su correspondiente imagen o video en youtube. Un pibe va a un boliche y luego de bailar un par de temas, lleva a aquella nueva chica y se besan en la terraza. Al día siguiente, se lo comentará a sus amigos, pero ellos no emitirán comentarios hasta ver fotos de la susodicha. Hasta ese momento, la belleza de la chica, la chica en sí es como ese gato de Schrödinger encerrado en una caja. En cuestión de un par de clicks, en facebook dan con el perfil de la chica, la ven en fotos de un asado navideño, fotos con un cachorro de labrador recién comprado y una carpeta llamada Valizas 2012 en la que se abre y se cierra el debate sobre la legitimidad de las historias de conquista del chico.

En todo caso, la dinámica del registro se articula como único juez, pero en cualquiera de sus juicios siempre oculta o muestra en exceso, pivotea entre la tumba acuática de Bin Laden, el rostro granuloso de Hussein, o la mirada de Dagsa hecha nuestra.

O9c9f

La modelo Jazmín De Grazia muere y el Semanario Crónica, obscenamente fiel a su estilo, muestra como fotos exclusivas el cuerpo de la modelo, recién extraído de la bañera, un montón de cocaína en un plato y el título “Pobre Jazmín”, con el copete “así la encontraron muerta”. En su cuenta de twitter, casi como si fuera un registro de su última mirada al mundo, aparece congelada, ofrecida a todos los internautas como una obra de taxidermista en una vitrina, su último twit, intocado: “Este fin de semana fue variadito, variadito. Casi tanto como un tenedor libre con chinos como dueños”. Este caso muestra cómo las tres dimensiones del registro, pese a ser divergentes, funcionan en un sistema de feedback en el que se terminan exponenciando, trabajando en conjunto. De Grazia aparece “demasiado muerta” en las fotos de crónica, pero ellas se entremezclan con imágenes de ella en tanga, con un sombrero ladeado, envuelta por otras sábanas distintas a las que tapan a su cuerpo frío. Al mismo tiempo que el registro la mata, la mantiene con vida, como si fuese un fantasma. Finalmente, en el twitter tenemos esa última frase, que más que recrear el fantasma, nos devuelve a su última palabra, colocándonos en su mirada y permitiéndonos armar el resto… Cada red social tiene la Laura Palmer que se merece.

En la semana posterior a su muerte, convertida en trending topic, la maquinaria maquiavélica de twitter permite la creación de hashtags como #jazmindesgracia en los cuales se especula con una maldición que involucra a todos los que escriban el mismo tweet. El chiste no es más que una sátira de la cantidad de leyendas urbanas que han existido por la vuelta, pero resulta imposible no asociarla con el –ya no tan nuevo- terror oriental, obsesionado con yuxtaposición entre historias de fantasmas y nuevas tecnologías. Lejos de las Sadako y Samara Morgan que puedan invocarse, en este chiste se muestra una de las caras más evidentes del twitter: el espacio de registro de los 140 caracteres como un interregno de suspensión de, no sólo la muerte, si no todo lo que nos atraviesa. Si por algo es conocido twitter es por la logorrea merquera que suscita, suspendiendo cualquier frontera de lo que puede o no puede decirse. Es la muestra más clara y descarnada de la, citando a Sandino Núñez, “era de la democracia mediática”, donde el acto comunicativo se superpone al mensaje.

Twitter soy yo, o más bien, me hace ser más que yo. El –falso- anonimato permite explayarme, construir un personaje –que es inherentemente distinto al que uno usa en facebook, linkedin o badoo-, en definitiva, una marca, mi microemprendimiento. En determinado momento del uso, twitter se presta al consuelo de que cualquier cosa horrible que me pase pueda devenir en un twit irónico, cínico o sencillamente autolesivo –pudiendo ser el mismo faveado, retwitteado, comentado- suspendiendo la situación en sí y convirtiéndola en un elemento de cambio que forma parte de la consistencia de la situación, para ser narrativizada y dotada de otra forma. El twit es el definitivo agenciamiento, el embudo en el que empezamos a percibir que la pena ya no es de nosotros. Nosotros somos nuestro mismo venado, disecado en la vitrina del hipertexto.

Facebook cambia su perfil y el muro comienza a llamarse “biografía”. En ella el desplazamiento de fechas se vuelve mucho más fácil, se rastrean eventos y diferentes situaciones que fueron parte de nuestra vida. Está todo a la mano. Si nuestros recuerdos se entremezclan, facebook ya los ordenó por nosotros. Podemos saber qué día exacto nos separamos de una pareja, acusar a otro citando textualmente lo que dijo tiempo atrás. El mundo parece alternar entre esas dos vertientes radicales: en el polo esquizo del fin de la historia, de un mundo vertiginoso que se lanza a agenciamientos maquínicos borrando con el codo lo que escribe con la mano y el polo paranoico de una superficie de registro en la que todo lo que hacemos o decimos está ahí, en latencia, posible de ser usado en nuestra contra. Los tiempos de Bendita TV, de TVR, de CQC y el resto de los sucedáneos argentinos del PNP. Lo que en principio parece la última herramienta de defensa mediática a la población, exponiendo los doble discursos de políticos, periodistas, estrellas o jerarcas de cualquier otra índole, revela en un doble fondo un funcionamiento distinto. Los programas de archivo, lejos de hacer repensar el discurso, terminan dinamitándolo. Pronto circula la constancia de que nadie se salva del archivo, izquierda, derecha, kirchneristas, radicales, sindicalistas, diputados, jueces. Todo lo dicho queda, más que en la dimensión del discurso, atrapado en el remolino de un acting out.

abughraib

En su libro más político, “Marcos de guerra. Las vidas lloradas”, Judith Butler relanza las reflexiones de Susan Sontag sobre el fotoperiodismo a la luz de los cruentos registros fotográficos de las torturas y humillaciones de los presos iraquíes perpetradas por las fuerzas norteamericanas en Abu Ghraib. Sontag en “Sobre la fotografía” hacía una distinción: las fotografías nos persiguen pero no nos hacen comprender, mientras que la narrativa no nos persigue, pero nos hace comprender. Estamos en un momento en donde esta demarcación entre lo narrativo y la imagen se hace imposible, habiéndose polinizado mutuamente hasta lo indefinible. La foto, al no tener un encadenamiento narrativo anteriormente dado, puede utilizarse para un sinfín de funciones. Sin ir muy lejos, en el caso de Abu Ghraib, Butler bien señala que

“las fotos han funcionado de distintas maneras: como incitación a la brutalidad dentro de la propia cárcel, como amenaza de vergüenza para los prisioneros, como crónica de un crimen de guerra, como alegato a favor de la radical inaceptabilidad de la tortura y como trabajo de archivo y documentación difundido por Internet o mostrado en los museos de Estados Unidos…”.

El marco discursivo dispara una metralla de miles de Kuleschovs al instante, pareciéndonos conducir al terreno forcluido de la psicosis, donde no hay amarre de un “punto de capitón”, donde cualquier cartografía posible se borra como dibujar en el agua. El neurótico se defiende con un saber sobre la demanda del Otro, su saber está ligado a un saber que supo encontrar en un otro (padre, madre, una institución, etc) y que circula alrededor de la sexualidad, qué soy para los otros, etc. Para el psicótico, ese saber no proviene de un sujeto supuesto, sino que recae en él mismo, construyendo un mundo de referencias proteicas que implican ese infinito errar sin mapa, tal como dice el psicoanalista Contardo Calligaris, “como la tarea de una araña que tratara de encapsular preventivamente a un peligroso enemigo del tamaño del mundo”. La telaraña se teje de un dominio a otro, se extiende de la Internet a la televisión, de la televisión a la radio, de la radio a nosotros y de nosotros a Internet. Esa errancia marca los tiempos del meme, del mash-up (sin ir muy lejos, la escena de la Casa Blanca fue reeditada y parodiada tantas veces como el cuadro de La última cena). ¿Qué pasa cuando una imagen vale más que mil palabras, pero todas ellas son un coro de enunciados contrapuestos?

Al tiempo que el exceso de registro y sus usos borran del mapa toda posibilidad de construir un punto de capitón, se va colocando como último referente que da consistencia a nuestra cotidianeidad. A lo que contaba Zizek en La plaga de las fantasías, sobre cómo al grabar películas en VCR parecería que la verdadera operación subyacente fuera que el aparato viera las películas por él, esto se da con mayor contundencia en last.fm sitio/programa que almacena cada uno de los temas que uno escucha desde su computadora, registrándolo en listas capaces de compartirse con un montón de usuarios. Es indudable que acercarse a gente con gustos similares es una buena herramienta de interacción social, pero uno pronto cae en la cuenta de que quien está más al tanto de las listas es uno mismo, o más bien el Gran Otro del registro simbólico. Esta misma sensación encuentra su máxima expresión en el hecho de que uno, al escuchar discos en vinilo o cd sin este soporte empieza a sentir que se pierde algo, y esto es justamente la actividad de registro.

Lejos de ser algo auténticamente nuevo, puede rastrearse esta prioridad del registro simbólico en la jauría de turistas que fotografían las obras y a sí mismos en los museos. Lejos de querer demostrarles a otros que realmente estuvieron ahí, lo que realmente parece estar jugándose es la constatación de algo que no se lo creen ni ellos mismos. Esta dimensión de la fotografía como ortopedia de una existencia evanescente encuentra su paroxismo en las fiestas hipster, donde la verdadera estrella es el fotógrafo, donde el acontecimiento ocurre solamente dentro de la cámara, o a posteriori, en la publicación en internet (la cámara como un objeto histerizante que por su sola presencia gatilla a la persona a una pose o “posesión” gritona y festiva, como ocurre con los filmados por la cámara del programa Wild On, de E!).

Todas nuestras experiencias llegan a pasar por los tres tipos de goces traídos en las tres fotos del comienzo. En definitiva, la fotografía y su registro resume el dislocamiento estructural del mundo actual: un terreno donde la preponderancia de lo imaginario disuelve los límites y hace confundir a lo simbólico con lo real (lo simbólico y virtual hecho carne). La elección de fotos vinculadas a fotoperiodismo internacional señala uno de los puntos fundamentales a indagar: la medida en que una foto, al igual que la foto de los turistas en los museos, comienza a ejercer política por nosotros.

No se dice nada nuevo cuando hablamos de los límites finísimos en donde no sabemos si un producto cultural está inserto en una agenda política, o un candidato o plan de gobierno está diseñado a imagen y semejanza de un personaje o un guión de ficción. La primera sospecha a emerger es la de un malicioso plan de corte orwelliano, pero en la verdad de los hechos, la consciencia de dichas estrategias o acercamientos parecen igualmente evanescentes para los mismos implicados. En Bailando por un sueño y todo su manantial de programas satélites, las discusiones, acusaciones y puteadas llegan a un nivel extático donde los mismos implicados no saben si están enojados, si hacen que están enojados, o si creen que están enojados. Lo único que circula, casi como un cliché, es la amenazante mención de las “cartas documento” de las cuales, la mayoría de las veces, casi ningún espectador termina sabiendo por su verdadero destino. La política no termina en caer en estos procedimientos, donde políticos se entrecruzan con famosos, donde más que discursos, o lemas, se registran jingles, hits, o catchphrases, el escenario público a un megaepisodio de Titanes en el Ring.


Uno de los ejemplos más contundentes de este dislocamiento entre simulacro y realidad –por llamarle de alguna manera- fue el de la relación entre Gran Cuñado (una de las creaciones de Marcelo Tinelli, donde se realizaban imitaciones de personajes de la actualidad política argentina en formato de casa de Gran Hermano) y la campaña electoral de Francisco de Narváez en el año 2009. Lo que empezó siendo la caricaturización de algunos clichés de campaña del candidato, se terminó forjando como el mascarón de proa de, por momentos, casi así decirlo, todo el proyecto. En determinado momento presenciar el mini sketch de Show Match era más político que asistir a un mitín del mismo de Narváez, al tiempo que los discursos del mismo cada vez parecían más a los de su propio imitador. La arena pública se trasladó, como en ningún otro momento de la televisión argentina, a un solo programa, mímesis que se volvía más real que su modelo, parasitismo imaginario que comenzaba a tender ventosas con otros escenarios de la realidad. La votación de los integrantes de la casa de Gran Cuñado se convirtió en un asunto político, en el que los mismos candidatos tuvieron que hacer campaña –aún cuando su caracterización exaltaba algunas de sus peores características- casi como si superara el valor de un indicador de intención voto y se convirtiera en una auténtica precandidatura. A De Narváez le rindió el método de difusión, pero, presa de su mismo esquema, su popularidad se desvaneció de la misma manera que un hit deja de estar en los charts. Y es que realmente no hay diferencia entre aquella consigna “votame, votate, ali, alicate” y un “ai se eu te pego”.

Este desfondamiento de lo imaginario, donde todo es suceptible de ser reordenado en nuevos montajes donde lo que se termina diciendo es completamente lo opuesto, donde el discurso explota como por la fisión del núcleo de un átomo, es tanto veneno como antídoto del mapa político de hoy en día. Lejos de propugnar una vuelta a los viejos valores de los programas políticos y la coherencia del discurso –si es que alguna vez realmente exisitó- uno de los frentes de batalla principales son estas mismas imágenes. En este sentido, La sociedad del espectáculo no es sólo el material diagnóstico –hoy en día meramente leído desde una perspectiva de denuncia casi apocalítpica-, sino un manual de instrucciones, el Arte de la guerra del siglo XXI.

El détournement (sacar un elemento cotidiano de su contexto principal, así resignificando la totalidad) la situación (concepto que parece haber sido reformulado por Deleuze y Guattari bajo el nombre de “acontecimiento”), la deriva, todos son elementos que presentan en sus misma materialidad tanto su cara revolucionara como manipuladora (la publicidad y el mercadeo han sido los que mejor parecen haber leído estas consignas). Los situacionistas, en el corto período que duró su apogeo –y que floreció en el mayo francés- pronto entendieron que no era necesario que ellos mismos provocaran estas situaciones, que ellos mismos fueran los que intervinieran materialmente sobre los objetos. Los situacionistas fueron los primeros en entender un mundo sincrónico, en llegar a esa dimensión en donde las cosas se transforman al solo estamparle su firma. Entendieron bien la consigna de Duchamp, que con sólo firmar un urinal lo convertía en una obra de arte (lo mismo, en su contrapartida, puede decirse del poder actual de los logos, como Lacoste, o Nike). Pronto, los situacionistas se fueron adueñando de momentos históricos, situaciones en los que no tuvieron nada que ver, pero que inmediatamente volvían “situacionistas” –incluso si sucedieron antes que ellos-, como quien altera el mensaje de un pie de foto. Uno de los frentes de batalla más importantes de la actualidad es, o será, cuando no reapropiarse de un acontecimiento x, sí desfondar el mapa de significaciones de éste, no crear un clon de de Narváez, sino diez, quince, cincuenta, hasta que su discurso caiga por sí sólo, donde ya nadie sepa radicalmente quién es, para qué está, para qué sirve, qué es. Es un secreto con boomerang, un arma biológica cuyos resultados terminarán siendo escritos por el vencedor.

originalmente publicado en Tiempo de crítica, Nº11

Todos estos temas hacen particular hincapié en la relación entre imaginario y simbólico. El próximo capítulo tratará sobre una articulación diferente, donde todo se vuelve más complejo, al empezar a engarzar estas dimensiones directamente sobre lo real.

Anuncios