Nuestros héroes

Cuando se terminó el régimen del Apertheid en Sudáfrica, yo era demasiado chico como para entender lo que estaba pasando, pero lo suficientemente grande como para que todo aquello me dejara alguna huella emocional. Me acuerdo de las maestras, de mis padres y de la televisión hablando de aquel señor tan bueno y tan sabio, y de su cara de paz inundando tapas de revistas, diarios y libros.

La muerte de Mandela es la muerte del último héroe del siglo XX, de un héroe que solo compite en celebridad y aclamación con figuras como Mahatma Ghandi o Martin Luther King, es decir lo más parecido que tenemos los modernos (y posmodernos) a santos. Su elevación los transformó en avatares, en encarnaciones de los valores de la paz, la tolerancia, la armonía y la convivencia, de la idea de que los seres humanos podemos vivir juntos en el mundo.

Si bien es difícil discutir la importancia política y la estatura moral de estos personajes, algo resulta profundamente irritante en su aclamación universal. Igual que resulta irritante que, a nivel local, Seregni sea aclamado como un paladín de la democracia (no hay dudas de que lo fue) y como un ejemplo de flexibilidad, capacidad negociadora y moderación.

El Mandela que conocí en mi infancia era, sobre todo, un hombre bueno. Igual que Seregni, que Ghandi y que MLK. Sin embargo, no eran vistos así por la mayoría de los contemporáneos de sus ascensos políticos. Todos fueron acusados de subversivos, de filocomunistas, de querer romper la paz y la armonía. Y a mi me gusta pensar que estas acusaciones tenían algo de cierto. Es que ellos fueron, antes que nada, protagonistas de las luchas por la emancipación de la segunda mitad del siglo XX que, más que la paz, buscaba la justicia.

De hecho, buscar la justicia significaba romper la armonía. La armonía de la sociedad colonial, de la segregación, de la dominación oligárquica. Después, los avatares de la lucha política y los caprichos de la historia hicieron su trabajo. Ninguno de ellos fue ajeno a la violencia. Algunos coquetearon con ejercerla, todos la sufrieron.

Persecución, prisión, tortura, muerte. Su sufrimiento es fundamental en las narraciones actuales sobre su santidad, más no así su lucha. De los santos del siglo XX se recuerda su sufrimiento y sus claudicaciones y se olvida su radicalismo, que es sustituido por valores que parecen encajar mejor con saludos de fin de año que con la lucha política. Seregni no fue el fundador de un frente popular antioligárquico, sino un representante de la unidad nacional, y Luther King no fue un luchador por la justicia social y el fin de la guerra, sino un soñador.

Ghandi y MLK sufrieron muertes violentas. Mandela y Seregni murieron de viejos. Tuvieron largas carreras politicas y responsabilidades gubernamentales, en el marco de las que tuvieron que (o quisieron) negociar y ceder en puntos importantes ante la Realpolitik. En parte, fueron esas cesiones las que posibilitaron que se transformaran en figuras de aclamación universal en sus países.

Mandela es para los sudafricanos lo que para los uruguayos son Artigas, Sendic y Lacalle, al mismo tiempo. Es el fundador mítico de la nacionalidad moderna, el subversivo sesentista antisistémico que salió de la prisión con voluntad de fundar un movimiento político electoral, y el reformista que insertó a su país en la economía globalizada a través de reformas neoliberales.

No es sorpresivo, entonces, que exista un Mandela de derecha. Un Mandela de la unidad nacional, de la sacralización de los valores liberales, de la priorización de la paz sobre la jusicia. Es lógico que para liberales y conservadores este sea el Mandela “bueno” a recordar, en lugar del Mandela “malo”, marxista, conflictivo y antiimperialista. Lo sorpresivo es que los que somos de izquierda reproduzcamos esa narración sobre otras igual de ciertas y mucho más productivas, tanto para nuestros objetivos políticos como para reflexionar sobre los problemas políticos y estratégicos de la izquierda hoy.

El problema que nos debe interpelar es que además de ser un hombre bueno y sabio (cosas de las que no puedo dar fe porque no lo conocí personalmente), gobernó un país, y su partido sigue gobernándolo hasta hoy. Se trata de un partido de izquierda, que como tantos en el mundo, abandonó toda pretensión de cambio radical y de desafío al poder del capital, al tiempo que abrazó cusas y discursos liberales “progresistas” y devino, antes que nada, nacionalista de la patria chica.

¿Por qué a tantas izquierdas les pasó eso? ¿Qué dinámicas estructurales las fuerzan a transformarse de esta manera? ¿Que hegemonías discursivas las persuaden de que es lo mejor? ¿Qué cambios organizativos logran que la militancia permita a las élites llevar adelante a esos cambios? y ¿Qué poderes mediáticos y económicos apuntalaron estos desplazamientos? son algunas de las preguntas que nos debe forzar a hacernos el hecho de que el héroe indiscutido de la descolonización y la izquierda se haya transformado, para regocijo de liberales y conservadores, en un paladín de la competitividad y la unidad nacional.

Esto no significa que haya que abandonar la celebración del heroísmo de Mandela. Pero si pensar qué es lo que debemos celebrar. Si la lección que aprendemos es que siempre hay que priorizar la paz y la armonía estaríamos entendiendo todo al revés, justamente porque para poder pactar y lograr una paz mejor que la que había antes, primero hay que haber luchado, haber sido suficientemente peligroso para la paz como para que tenga que pactar.

No se puede ser el Mandela “bueno” sin antes haber sido el Mandela “malo”, y por lo tanto homenajearlo no es ser moderados y razonables, cristalizando de esta manera los logros que impuso como una paz nueva, sino hacer todo lo que podamos para romper esta paz insuficiente, en la esperanza de que la paz a la que lleguemos luego de la lucha sea un poco más justa. Todo esto para dejarle a la generación que viene, igual que Mandela, un mundo mejor que el que encontramos, sabiendo que, igual que Mandela, vamos a encontrar obstáculos que no vamos a poder superar, que les vamos a dejar para que luchen ellos, mientras nosotros estemos ocupados, si tenemos suerte, muriéndonos de viejos.

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