El año de la muerte de Ricardo Fort

Ricardo Fort se murió. En vida, sostuvo dos cosas que, al menos, me resultan curiosas. Una de ellas es que siempre intuyó que moriría joven. La otra es que quería ser recordado como artista. Semejantes aspiraciones lo acercan al poeta romántico, ya que aún sabiendo que su vida sería una tragedia, la emprendió con toda la vehemencia que un individuo puede experimentar. Pero, claro, Fort no escribió ni un verso.

Gonzalo Curbelo, en su nota para la diaria del 26 de noviembre, sostiene que en Fort “no hay nada artístico por lo que recordarlo”. Yo no iría tan lejos en esta afirmación: Fort hizo una cosa artística: se hizo a sí mismo. No será recordado como artista, puede ser. Pero hizo de él, aún no habiendo sido consciente de ello, una obra de arte.

Las cirugías en todo su cuerpo, los tatuajes, las joyas, el histrionismo, lo convierten en una especie de escultura viviente: un cuerpo de fisicoculturista con un rostro andrógino que se pasea delante de las cámaras acaparando la atención del público, malgastando una de las fortunas más escandalosas de la Argentina. Casi un personaje erótico de las películas de Jack Smith, entre la lujuria y el desenfreno.

Sin embargo, a pesar de que incontables medios han hecho referencia a Fort como un “personaje”, yo creo que esa calificación es inexacta, al menos en un sentido estricto. Fort no era un personaje en tanto recurso narrativo que encarna algún modo de ser humano particular, alegórico o genérico. Fort no era alegoría ni símbolo de nada en absoluto. No señalaba ni refería nada fuera de su propio cuerpo. No encarnaba una idea o un propósito. Su materialidad era su principio y su fin. Y, en este sentido, sí, concuerdo con Curbelo en que “detrás de su operadísimo cadáver no queda nada.”

El 31 de julio de este año salió publicada, en el medio argentino La Razón, una nota en la que se comunicaba una noticia misteriosa: Fort había protagonizado una sesión de fotos desnudo, supuestamente para juntar fondos a beneficio de “un centro de refugiados del país del norte”. El periódico se mostraba atónito por las referencias tan abstractas del lugar al que serían destinadas las ganancias de las imágenes. “El país del norte”.

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(Imágenes de Fort desnudo, publicadas en La Razón)

Semejante inexactitud me permite jugar con las palabras y las asociaciones. ¿Fort habría escogido un centro de refugiados de Estados Unidos, “el país del norte” por antonomasia, para donar sus haberes? No, no creo que fuera eso. Seguramente su “norte” quedaría más al norte que el imperio norteamericano: su norte era el cielo mismo. En varias declaraciones públicas, haciendo referencia a su visión megalómana de sí mismo, parecía ser que su único techo, su único límite, era ese: el cielo, la muerte.

Pero lo que sí es seguro en esta noticia es lo siguiente: no importaba la institución a la que supuestamente serían donados los beneficios de las fotos; solo importaban las fotos. Entonces, repito: Fort no puede representar siquiera la magnanimidad, aunque se lo proponga. Solo puede representarse a sí mismo. Y en ese sentido es que promuevo a Fort, no como un personaje, no como un artista, sino como una obra de arte contemporáneo: un happening o un ready-made. La estética, la forma y el ritmo sin más; sin arreglo a ningún tipo de significación, de referencialidad o de metáfora. Un urinario es un urinario. Una botella de Coca Cola es una botella de Coca Cola. Ricardo Fort es Ricardo Fort.

Este mismo año, el año de la muerte de Ricardo Fort, volvió al Uruguay el autor del famoso robo del siglo: Luis Mario Vitette. Entre Fort y Vitette puede trazarse un paralelismo en cuanto a sus motivaciones: Vitette manifiesta que roba “por ser y no por tener”. Fort, obviamente, también salió a la palestra televisiva por ser y no por tener, dado que ya tenía en su haber una fortuna que le habría permitido quedarse en una silla reposera hasta el año 2756. Ambos se propusieron participar en el mundo del espectáculo para provocar y generar repudio o desconcierto. Pero a Vitette le falta algo para ser una obra de arte: le falta una intención estética. Es por eso que, al hablar de él, en seguida caemos en el juicio moral: lo que hizo está mal porque robar siempre está mal; lo que hizo no está tan mal porque le robó al Banco Río que, como todo banco, practica la usura y la especulación, que históricamente no siempre fueron entendidos como juego limpio.

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(Luis Mario Vitette en su llegada a Uruguay)

Fort, aunque sí tenía una intención meramente estética, y en él no caben juicios morales serios, tampoco pudo ser artista, ni será recordado como artista en el sentido de artífice: es tan solo una obra de arte contemporáneo; como he dicho: un happening, un ready-made. Una performance que provocó al espectador y culminó. Duró lo que dura una obra de su género. Luego, la intrascendencia y la banalidad. No será jamás una obra de arte tradicional, como puede serlo una partitura de Bach o una pintura de Ensor: esas manifestaciones pueden replicarse y automáticamente seguirán siendo pertinentes: el arte tradicional tiene por finalidad ser una objetivación trascendente. Fort se murió y con él murió su arte. Y si bien puede venir alguien similar a ocupar su lugar (y seguramente vendrá), ya no será su lugar: no será la intensa y breve chispa de su fuego artificial, al igual que ninguna lata contendrá la mierda de artista de Manzoni, ni ningún urinario será el que Duchamp postró en el museo. La obra de arte contemporáneo ocurre una vez y se termina para siempre. Nunca se repite. Nunca trasciende su existencia concreta y particular.

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