El futuro está escrito

Un discurso serio sobre el futuro consta de tres pasos: Primero, identificar un problema como “de desarrollo”. Segundo, proponer una solución al problema que mejore la competitividad general de la economía. Tercero, exigir que esa solución se constituya en política de Estado, para asegurar que el futuro llegue independientemente de caprichos políticos e inmediatismos. Esto nos permitirá alcanzar finalmente la calidad de “país de primera”, la entrada al selecto club de los países del primer mundo, dejando atrás el subdesarrollo, la improvisación y el atraso.

En un discurso serio, “el futuro” es el futuro del Estado, por lo que pensar nuestro futuro es pensar estrategias de Estado, preferentemente llamadas con el nombre del país y una fecha redonda que se encuentre a pocas décadas de distancia. Estas estrategias se nutrirán de los objetivos claros planteados por la ciencia económica y social: se debe fomentar la inversión de manera de asegurar el crecimiento de la actividad económica, que a su vez asegurará la recaudación impositiva que permitirá al Estado generar bienestar y desarrollo, que a su vez atraerá más inversión, creando un círculo virtuoso.

Atraer inversiones es sencillo. Deben existir reglas de juego claras y estables, así como infraestructura de calidad, un Estado transparente y eficiente, facilidades fiscales, zonas francas, un mercado flexible y una mano de obra formada, motivada y emprendedora. Además, se debe tener en cuenta que además del nuestro, existen otros Estados, que competirán por las mismas inversiones, por lo que más que asegurar estas condiciones, se las debe imponer de manera más disciplinada y radical que la competencia.

De quedar rezagados en esta carrera, nos exponemos a la desinversión, la fuga de capitales, la inflación, el desempleo masivo y la bancarrota. Para no perder el tren del futuro, son necesarias vigilancia, rigor y voluntad de sacrificar intereses particulares y cortoplacistas. Si hacemos los deberes, se nos permitirá mantener e incluso ampliar los derechos y los servicios públicos, pero siempre bajo condición de hacerlo de tal manera que además mejore la competitividad. Después de todo, la pobreza es una traba para el desarrollo.

Incluso podemos elegir entre varias estrategias de desarrollo. Como cualquier empresa, los países pueden formar trusts o cárteles con sus vecinos para mejorar su posición de mercado. Y si los vecinos no son socios confiables, se puede buscar y explotar algún nicho específico. Se puede apostar a la producción de escala o al marketing, el valor agregado y el diseño.

En buena medida, el futuro ya está escrito. El margen de maniobra ya fue fijado y la libertad es, de aquí en más, elegir la estrategia que explote de manera más eficiente los factores productivos del país y los vuelque al mercado mundial. A su vez, dentro de esta libertad solo un puñado de opciones mantienen los equilibrios necesarios entre los indicadores de crecimiento, deuda, productividad, consumo, y, si nos ponemos izquierdistas, bienestar.

No es difícil darse cuenta de que este futuro es idéntico a los intereses del capital. Se trata de un futuro predecible científicamente, en tanto es lógico que en el mediano plazo nadie que cuente con información (que nos brinda la misma ciencia que escribe las predicciones) se volcaría por las opciones irracionales y destructivas. De la misma manera que puede haber bienestar, pero siempre que esté al servicio de la competitividad, puede haber democracia, pero siempre que se tomen las decisiones correctas. En el futuro no hay política, salvo que se trate de políticas de Estado.

La utopía del discurso desarrollista y competitivo no es otra cosa que la vieja jaula de hierro que temía Weber o el totalitarismo de la razón instrumental que anticipó la Escuela Crítica. Atar los destinos colectivos a un Estado que necesita cumplir con las estrictas demandas del capital es apuntalar la completa colonización por parte de los discursos científicos y mercantiles de todas nuestras vidas, incluido nuestro futuro.

Esta utopía promete bienestar y estabilidad, y quizás sea capaz de cumplir. El problema es que entre la promesa de desarrollo y la amenaza del atraso nos olvidamos de que hay buenas razones para sospechar de este futuro. Sospechar que cuando un discurso plantea que debemos parecernos a los países ricos, más que de desarrollo estamos hablando de colonización. Que cuando una ciencia nos recomienda reforzar al poder, más que ciencia es ideología. Que cuando el futuro es hacer lo que nos dicen, más que futuro es un retorno a la minoría de edad.

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Nota publicada originalmente en en el suplemento “Día del futuro” de La Diaria el 25 de setiembre de 2012.

Imagen: Border of Beauty, de Fons Heijnsbroek.

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