Reimaginando la (r)evolución en Detroit. Una conversación con Grace Lee Boggs

Al inicio de los 40s, Detroit vivía su auge industrial, encabezando a nivel nacional la salida de la Gran Depresión. Entre 1940 y 1943 el número de desempleados cayó de 135,000 a 4,000 (Sugrue, The Origins 12). Sin embargo, el desempleo generado por la implementación de la automatización generó en dos años, de 1951 a 1953 casi la misma cifra. La pérdida de trabajos por la automatización en las plantas Ford entre 1947 y 1963 fue de 134,000 (Origins 126).

En los últimos años Detroit ha reaparecido en primera plana mundial como símbolo de la ruina del capitalismo: fábricas abandonadas, calles vacías, comercios cerrados, crimen, desocupación y marginalidad. Sin embargo, cabe sospechar de la construcción mediática de este Detroit en tanto ícono del capitalismo postindustrial, para indagar en los procesos históricos y económicos iniciados varias décadas atrás, que sugieren que el sistema no está tan muerto. Detroit es un espacio de contradicciones, pues allí no sólo el neoliberalismo se actualiza, sino que también emergen nuevas estrategias para el pensamiento político, el activismo y la revolución.

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Grace Lee Boggs opera en esta última dimensión: feminista, filósofa, activista y autora de varios libros (como Facing Reality o The American Revolution, este último en coautoría con su esposo, James Boggs), continúa a sus 98 años militando en la teoría y la práctica política. En su casa, sentada frente a su computador, nos enseña las fotos históricas que la rodean, nos muestra los libros que componen su biblioteca. Hija del dueño de un restaurante chino, llegó a Detroit en los años 50 y se casó con el activista afroamericano James Boggs, con quien militó por los derechos civiles, contra el racismo y la discriminación durante los 70s. Proveniente del troskismo, formó parte de las discusiones sobre la integración de las minorías al proyecto revolucionario junto a CLR James y Raya Dunayevskaya. Tras décadas de compromiso con estas causas, Grace revisa hoy su pasado como activista, reconociendo las falencias del movimiento negro en la actualidad y observando los cambios que la contingencia aporta al pensamiento sobre la revolución. La experiencia urbana de las últimas décadas, es ciertamente, fundamental en el pensamiento de Boggs:

“He estado en esta casa por 60 años. Cuando recién llegué a Detroit, si uno tiraba una piedra al aire, al caer iba a pegarle a un trabajador automotriz… ahora si tiras una piedra en el aire, al caer, la piedra le pega a una casa abandonada o a un lote vacío de tierra”. La metáfora del paso del tiempo no podía ser más certera como cuando uno se para frente a las ruinas de la Planta Automotriz Packard. La misma fue abierta en 1903 y se consideraba entonces la sucursal más moderna del mundo. En su momento de esplendor, la planta llegó a tener 70000 mil obreros altamente calificados. Debido a “la automatización, las líneas de ensamblaje y la competencia con las automotoras de Japón y Alemania”, Packard cerró sus puertas en 1959, y hoy en día “es un símbolo de desindustrialización y devastación; 30 acres de vidrios rotos y ruinas”. Frente a este escenario desgarrador, Boggs se pregunta “¿cómo mirar estas casas abandonadas? Detroit está enfrentando una situación de vida o muerte: o nos hundimos en nuestros problemas financieros o peleamos un nuevo modelo de sociedad. Y nosotros estamos intentando hacer esto último. Estamos en un periodo de reimaginar todo. Estamos reimaginando la revolución. Es por eso que la gente viene a Detroit”.

Rodeada de retratos y recuerdos Boggs cuenta: “Tengo casi cien años. Mi abuela paterna murió a los 104 años en China, mi madre vino en 1911, ella no sabía ni escribir ni leer, porque en su pequeña aldea en China no había escuelas para mujeres. Yo fui a la universidad, hice un doctorado, vine a Detroit y me casé con James, y juntos fuimos capaces de pensar en formas muy diferentes. Cuando vine para aquí yo era marxista y creía que en Detroit iba a ocurrir una revolución obrera… pero llegué y todo cambió y hay que aprender a adaptarse al cambio. En un periodo de globalización en el que la Nación- Estado es cada vez más débil, es tonto protestar contra el Estado, hay que hacer la revolución por uno mismo”.

Crítica al modelo marxista de revolución

Boggs, vivió el auge y la crisis del capitalismo, anhelando la emergencia de un modelo socialista. “Cuando la revolución empieza desde abajo, desde la gente que busca una forma de sobrevivir, es algo muy diferente. Los marxistas no reconocen el grado en el cual son muy patriarcales en sus conceptos organizativos. Intentan cooptar a personas para hacer cosas del modo en que ellos creen que deben ser hechas. Y yo creo que cuando comprendes la historia, y particularmente entiendes el modo en que las mujeres han sido “solucionarias” (solutionaries) – es decir que tienen un modo de responder a las cosas a través de la acción – entonces, tienes una forma muy diferente de organizar. El modo de organización marxista es muy burocrático, muy patriarcal”.

Boggs observa que “La influencia de la revolución industrial en el marxismo es crucial. Ésta provino de la revolución francesa, y de ellas el estado-nación y la democracia representativa. Eso fue fruto del enciclopedismo del siglo XVIII y su modo de pensar. Que era un modo muy cartesiano de pensar. Estamos en un mundo muy diferente hoy en día. En su obra más temprana, Marx escribió ensayos filosóficos en los cuales era más hegeliano. Y luego empezó a escribir El Capital y fue así que acabó en el Museo Británico. Hace 60 años traduje los primeros ensayos filosóficos de Marx, en los que él lidiaba con trabajo alienado, y en los que tenía un entendimiento muy diferente de la realidad… pero la mayoría de personas han estudiado El Capital, y ellos juran sobre el libro la tendencia histórica de la acumulación de capital y creen en el socialismo como algo que devendrá del avance de la producción. Mucha gente piensa la idea de revolución en términos de tomar el Estado y hacer caer a los de arriba, porque tenemos la imagen de la Revolución Rusa. Pensamos la revolución en términos políticos, no en términos de cultura”.

Si la clase proletaria no es para Grace el sujeto colectivo que protagonizará la revolución, tampoco la raza es una categoría determinante para que ésta se dispare: “Creo que las divisiones que emergen en Detroit, fueron por mucho tiempo, divisiones raciales, y de clase… pero si estamos hablando de crear una nueva sociedad, estas divisiones pueden ser vistas de una forma diferente. Para mi es interesante ver cómo cada vez más la gente piensa menos en términos raciales, no digo que no se vean las diferencias… sino que es similar a la forma en la que se mira a un lote vacío: o lo miras como un desecho o lo miras como una oportunidad. Creo que el esquema de valores y la forma en la que vemos las cosas empiezan a cambiar, así como la forma en la que definimos los problemas”.

Escuchar esto choca en una ciudad en la que el movimiento negro fue en los 70s un referente mundial. En el 67, cuando sucedieron los famosos enfrentamientos, ya eran obvios los síntomas de la segregación racial, las consecuencias negativas de proyectos de urbanización acelerada, desigualdad económica, violencia policial, problemas de acceso a la vivienda, cambios demográficos acelerados. Grace “no espera mucho del movimiento negro. Demasiada gente se volvió parte del sistema… se volvieron iguales a los blancos”.

Para Grace “mucha gente piensa en el movimiento negro sobre todo en términos de derechos, de integración al “estilo americano de vida”, pero no solo se trataba de eso. El movimiento nacional liderado por Malcom X no era integracionista. Yo estaba mucho más cerca de Malcom que de Martin (Luther King)… Sin embargo el resultado actual del movimiento que nació en los 70 es la separación de los líderes de base de los intelectuales negros. Nosotros somos los hijos de Malcom y Martin. Nuestro derecho y nuestra tarea es cambiar el mundo con un nuevo sueño.”

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(R)evolución

A pesar de las desavenencias de Boggs con el marxismo y con la vieja idea de “tomar el poder del estado”, su concepción filosófica no se aleja demasiado de ciertas tensiones propias del materialismo histórico. Según sus palabras, “la globalización ha hecho del Estado un problema menor… es inútil protestar al gobierno. Nos estamos moviendo hacia una formación social distinta. Así como hubo una sociedad agraria y una sociedad industrial, ahora nos estamos moviendo hacia una nueva sociedad basada en la comunidad”. El punto central es “darse cuenta que la devastación y la desindustrialización puede abrir el camino para que la gente pueda crear algo nuevo.” De ese modo, Boggs elabora una cosmovisión evolucionista, que se asienta fuertemente en el proceso de tomar conciencia, o “darse cuenta”.

Boggs enfatiza que en todos estos años de lucha ha aprendido que “la gente reacciona de formas diferentes a la crisis, algunas personas se paralizan y otras se sienten desafiadas a buscar una oportunidad para ser creativos. Lo que encontramos en Detroit es que en las bases populares, la gente común empieza a cultivar su propia comida, a relacionarse con sus vecinos y a crear comunidad, creando una forma de vivir completamente diferente”. Es ésta reacción colectiva la que le permite a la activista intelectual entender el momento histórico específico de Detroit como el “laboratorio de una nueva sociedad”. El cambio en la vida cotidiana es fundamental para “empezar a producir de acuerdo a nuestras necesidades en vez de hacerlo de acuerdo a los deseos individuales. Y esa es una gran revolución que estamos viviendo.” Boggs insiste en que “Se trata de dejar de depender de los otros y aprender a hacer las cosas por ti mismo desde un modelo de organización visionaria donde las personas empiezan a hacer cosas y a portarse como adultos”.

Solucionaries

En una línea argumentativa no exenta de un cierto pragmatismo, Boggs desarrolla su idea de revolución entendida como un cambio cultural impulsado por los/las solucionarios/as (the solucionaries): aquellos sujetos resilientes (los inmigrantes, las mujeres, los niños) que históricamente han superado las crisis a partir de soluciones específicas y contingentes. El/la solucionario/a no concibe la crisis como una derrota sino como una oportunidad para la transformación social. Para Boggs, Estados Unidos ha sido un suelo fecundo para el pensamiento solucionario: “Lo distintivo de los Estados Unidos es que fue constituido por la inmigración de Inglaterra. El rey vivía lejos del territorio y entonces el pueblo americano hizo lo que necesitaba para sobrevivir. Esto es muy importante para entender la revolución americana: fue una revolución cotidiana (every day revolution)”.

Esta revolución cotidiana encuentra un caso paradigmático en las mujeres que “siempre han jugado un rol crucial en la transformación de la sociedad porque su concepto de trabajo es muy diferente: ellas no cuentan las horas, ellas son solucionarias. Y se quiere suprimir esta tendencia de las mujeres para crear un mundo basado en el trabajo [orientado hacia la producción] en lugar de un trabajo entendido como labor [constructiva y transformativa]”.

Boggs ha concebido un proyecto educativo (Boggs School1) que busca ser un espacio en el que los/as niños/as desarrollen sus capacidades natas como solucionarios/as: “Nuestro sistema educativo actual es una forma de abuso infantil. Porque la tendencia de los niños a resolver problemas es ignorada. El sistema educativo en Detroit y en el país está basado en ascenso social, pero el sueño del ascenso social está muerto. Los jóvenes abandonan la escuela y terminan en la prisión porque el sistema educativo es un fracaso”. Las escuelas James-Grace Lee Bogg Schools, buscan: “crear pedagogías emancipatorias. La pedagogía que tenemos, jerárquica y vertical debe cambiar…”.

Hoy, la iniciativa más concreta parece derivar del movimiento de huertas comunitarias organizado por aquellos que han puesto a funcionar esos “lotes vacíos”: un movimiento que se extiende también a otras ciudades del rust-belt (como llaman al cinturón industrial “oxidado”) del medio oeste. Para Boggs, las huertas urbanas [urban gardening] pueden funcionar en paralelo con la inversión neoliberal que está comprando lotes a mansalva y re-gentrificando la ciudad. De hecho, hay inversores atraídos por la ciudad (y sus devaluados inmuebles) y recientemente las ruinas de la planta Packard fueron compradas por un inversor peruano.

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Límites materiales de la (re)imaginación y cierre

Si la revolución es un corte radical con el pasado, con el Estado y el capital, ¿hasta qué punto los efectos y dispositivos de sus estructuras e instituciones pueden estar presentes en el proceso revolucionario? El hecho de que el capitalismo está permanentemente atravesando crisis de larga y corta duración, no es ajeno a Boggs. Si en las paradojas que el sistema organiza, crisis y progreso, riqueza y pobreza se encuentran íntimamente relacionadas (en interdependencia más que en contraposición), cabe preguntarnos de qué modos la evolución del pensamiento sobre la revolución continúa proponiéndose revolucionar la evolución del capitalismo, o si ha renunciado a ello en pro de otras soluciones.

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