Metástasis del registro II: El sueño de la mujer del pescador

2011, Juanita Viale no emboca una y además de todo el escándalo mediático que involucró su infidelidad mientras estaba embarazada, por diversos medios se filtran imágenes en las que se la ve manteniendo relaciones sexuales con Gonzalo Valenzuela. Juanita Viale, pese a sus últimos escándalos, era una figurita difícil de conseguir en el cada vez más amplio álbum de sextapes de famosos, por lo que durante esos días, internet arde. Pese a la indiscutible belleza de la actriz argentina, las fotos carecen de verdadero encanto sexual. Sólo se destaca una auto-foto frontal, carente de cualquier postura o entrega (lo mismo puede decirse de otra en la que el fotografiado es Valenzuela), consistiendo la mayoría del material en primerísimos planos en los que difícil es determinar si aquello (en lenguaje pornográfico, el viejo y conocido meat shot) les pertenece justamente a ellos. En el fondo no importa, aquellas fotos que difícilmente tendrían gran feedback en un portal de porno amateur (llámesele Poringa, Yuvutu, o cualquier otro sitio), tienen un montón de visitas y la red las reproduce una y otra vez, ad nauseam. Retomando algunas de las nociones que habíamos traído en la anterior entrega de Metástasis del registro, el verdadero condimento sexual de tal documento no es otro que el de confirmar aquel sucio misterio del que tanto sospechamos: la gente famosa también tiene vida sexual. Uno, acostumbrado a verlos involucrados en varias escenas eróticas a lo largo de su carrera artística, tiende a imaginar que la vida de los actores  -y especialmente su vida sexual-, empieza y termina en las ficciones que interpretan. Sin ir muy lejos, en las chatísimas series Doble vida, o Mujeres asesinas, a  Juanita Viale ya la podíamos ver en actividades similares tanto con hombres como con mujeres, pero cuando aquel acto lo percibimos realizado fuera de este acolchonado ficcional, simbólico, el resultado es traumático (tanto en la intensidad de su atractivo como en lo feo o incómodo).

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Esta fascinación viene atada a un goce diferente, una función casi por así decirlo evanescente, o sublime, que corre por el registro y la voluntad de saber foucaultiana.

Pornografía y terror, sexo y muerte, son los géneros cinematográficos preferidos por los adolescentes (especialmente los varones). Lo que en el fondo tienen en común estos dos géneros no es tanto la escenificación de cierto tipo de agresividad que ha de ser puesta en juego en la vida sexual que comienza a tender sus puentes, sino la de ser cinematografías intensamente conectadas con un determinado tipo de agenciamientos en los que el registro de lo que pasa en el cuerpo del espectador se convierte en un elemento pivotal. Ver pornografía y cine de terror –al menos cuando es visto de una forma sincera y entregada- siempre circula sobre la percepción de lo que el film está generando en nosotros. En cierto punto, está plegada a una profundización del conocimiento de nuestra erótica y nuestro cuerpo que determinará nuestros años futuros (¿Cuáles son mis miedos? ¿Por qué me excitó más que la rubia se dejara los tacones durante el acto sexual? ¿Qué me da más impresión, la sangre o los huesos rotos? ¿En qué momento me asusté/ me excité más?).

El porno, al estar tan imbricado en el cuerpo (el diseño de las escenas cada vez están más pensadas para el tiempo hipotético que dura una masturbación), es quizás uno de los barómetros más transparentes en lo que corresponde a lo ideológico llevado a escena: cómo se ponen en juego las economías libidinales actuales, cuál es el verdadero lugar del espectador.  Si algo tiene de maravilloso el porno como cuerpo y objeto de estudio es que todo aquello que aparece difuminado, oculto entre los tablones de otras expresiones del arte y la vida, en él aparece en forma hipertrofiada, muchas veces de una manera tan consumada que es difícil obtener una imagen completa.

En un mundo donde el registro empieza a suplantar a la cosa sensible, la pornografía se convierte en el máximo y más descarnado productor de subjetividad.

Desde fines de la década del noventa, el porno dejó de ser un universo cerrado, tratado con guantes de latex y tapaboca, para comenzar a investigarse, no sólo estética, sino temática e ideológicamente (donde los trabajos precursores y más finos pertenecen a las plumas feministas y la queer theory). La primera ocurrencia sobre este cambio de interés podría adjudicársele al simple hecho de que cada vez más el porno demuestra ser, por lejos, el cine que más cantidad de títulos y dinero mueve en el mundo. Sin embargo, una línea más rica sería la que propone Maria St. John, en How to do things with the Starr Report: Pornography, Performance and the President’s Penis, donde coloca al famoso affaire Clinton-Lewinsky en la Sala Oval, como el punto de quiebre en donde lo pornográfico –especialmente en lo que refería a la discusión abierta sobre el fellatio y las famosas manchas de semen presidencial en el vestido de la interna- pasó de la “ob-scenidad” a una “on-scenidad” (on-scenity, referido al viraje de su etimología clásica de lo obsceno como lo “fuera-de-escena”, aquello que no podía mencionarse, algo perteneciente al “museo privado” –KENDRICK, W. 1998-, para terminar convirtiéndose un tema de discusión en la arena pública).

Este período de efervescencia teórica coincide, no inocentemente, con la primera ola de sextapes, en los que el video casero de Pamela Anderson y Tommy Lee puso un antes y un después al sexo explícito intercalado con la vida personal/pública de las estrellas. En Hardcore: Power, Pleasure and the “Frenzy of the Visible, Linda Williams reescribe la historia del porno desde la perspectiva de la quimérica búsqueda de la máxima visibilidad del placer, una historia llena de vaivenes, atravesada por los el primitivo Stag Film, los falsos documentales sobre sexualidad, los comienzos del porno en Nueva York-Los Angeles, los años dorados de mediados de los setenta (donde las obras eran presentadas con alfombra roja) y los cambios en la performance, distribución y representaciones producidos en tiempos del VHS (que descentra al porno del ámbito público, para ser consumido hogareñamente). El libro, por la fecha en que fue escrito, pudo apenas rasguñar los cambios que vendrían con el mundo virtual, pero sorprende la profunda visión de una historia en la que los discursos sobre lo masculino y lo femenino circulan por veredas separadas. A diferencia de la representación masculina, que resumió en el money-shot, o cumshot (escena de eyaculación) el registro innegable y definitivo del placer masculino, el placer femenino circula de una forma descentrada, volviéndose un verdadero escollo de representación. Es en estas circunstancias que muchas de las más famosas películas pornográficas orbitan alrededor del tema del placer de la mujer (sin ir muy lejos, Deep Throat  trataba sobre la extrañeza médica de una mujer que tenía el clítoris en la garganta). Más allá de estos acercamientos temáticos, esta condición asintótica en la figurabilidad material del placer femenino ha tenido como efecto un cine centrado en las diferentes y sucesivas estrategias de resolver este problema de visibilidad, en el que la mayoría de las veces lo que concierne a lo femenino queda prácticamente escotomizado.

Lo que no toca el libro de Linda Williams es las transformaciones en la subjetividad producidas por internet y el avance de las redes sociales, donde el porno hizo un doble movimiento, donde se volvió a hacer público lo que en los ochenta, con el VHS, había quedado atrapado en la esfera de lo privado.

Esta nueva horizontalidad de la producción y distribución produce efectos directos en las respuestas que intentan dársele al registro y representación del placer.

El porno cada vez comienza a parecerse más a la vida misma y la vida misma cada vez comienza a parecerse más al porno. Esta interpenetración entre estos dos registros parece perfectamente sintetizada en la alternancia entre el subgénero de porno POV (point of view, donde el mismo participante sexual es parte integrante de la filmación, como si la película fuese una oportunidad de ponernos en la piel del gozante) y en la “pornificación” de los videos y prácticas amateur, cada vez más profesionalizados y permeables a técnicas y estilos de la Industria azul. “Orgías las hubo siempre”, podría uno decir, pero hay algo que cambia fundamentalmente en su puesta en escena, como si hubiera en el mismo sexo una nueva consciencia de cámara.

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Esta polinización mutua entre el porno profesional y el amateur habla, más que de géneros cinematográficos, de una determinada producción de subjetividad, en la que los dos estilos entran en un bucle que altera y renueva la misma realidad. A la búsqueda del placer femenino, el escenario actual se encargó de encontrarle nuevos mapas y soluciones. De entre todas las opciones para dar alguna forma de registro al placer femenino (entre ellas el volver al rostro extasiado y olvidarse del resto del cuerpo, como ocurre en el sitio Beautiful Agony, en donde un colaboradores anónimos mandan videos de ellos mismos masturbándose, pero siendo captados por un primer plano fijo -algo no tan nuevo, si revolvemos en la filmografía de Andy Warhol), posiblemente la más notoria y popular haya sido el squirt. En los últimos diez años, el squirt se ha configurado como uno de los números infaltables en la cinematografía pornográfica. En el squirt, las mujeres al llegar al orgasmo lanzan auténticos chorros de lo que parece ser flujo, que a veces logra salpicar la misma cámara, en lo que parecería ser una eyaculación masiva, en toda su ley. Nadie discute la existencia de tal fenómeno, pero casi todos saben –incluso en entrevistas realizadas a estrellas del porno- que aquello no suele adquirir semejante masividad, consistiendo, en la mayoría de las situaciones filmadas, en mera orina. Sin embargo, el squirt está ahí, salpica, en su mismo exceso volcánico da materia a un placer que siempre había sido bordeado y que ahora pasa a primer plano. Los defensores de Wilhelm Reich estarían emocionadísimos de tal construcción/hallazgo, mientras que las feministas, en toda su regla, podrán objetar que aquello reconstruye la erogeneidad femenina desde una perspectiva unidireccional y falocéntrica. Lo cierto es que el squirt se vuelve más y más popular y, tal como en cierto modo Deep Throat pareció introducir en la arena pública el debate y la práctica del fellatio, parece hacerlo en las prácticas sexuales. No queremos decir que el sexo oral no existiera antes, pero a partir de su construcción pornográfica pública, la práctica abandonó su condición obscena y comenzó, de a poco, a ser un condimento infaltable, común y natural en la vida de las parejas –cabe recordar que aún durante su estreno en 1972, en algunos estados de Norteamérica, tal actividad estaba prohibida y penada por ley. Lo mismo puede hipotetizarse sobre el squirt. En la medida que se vaya difundiendo, el squirt puede comenzar a relanzar en la mujer preguntas como “¿si no llego al squirt, no será que no estoy disfrutando mi sexo lo suficiente?”. Así como la revelación aterradora –sobre todo para los hombres – de que un grupo importante de mujeres fingen sus orgasmos, ¿sería muy descabellado pensar un futuro no tan lejano en el que las mujeres empiecen a fingir sus squirts? Y una hipótesis aún más arriesgada ¿no llegará un momento en donde el squirt, sea flujo o mera orina, devendrá de forma natural, como expresión auténticamente orgánica del orgasmo? En tal caso, estaríamos enfrentados al florecimiento de una genuina tecnología del yo, uno de los más hermosos y evidentes ejemplos de la incesante producción de subjetividad.

En definitiva, el squirt puede haber existido desde tiempos griegos, pero desde que se le da un nombre, desde que se lo inscribe en un registro, adquiere otra dimensión. Las tags de páginas porno nos permiten cada vez más buscar contenidos de acuerdo a lo más caprichoso de  nuestras fantasías. Uno puede buscar videos con enanos, y a ese video con enanos agregarle otro tag que incluya el elemento interracial, y a lo interracial agregarle el tema de que la escena ocurra al aire libre, o en una mazmorra medieval, como si peláramos una cebolla hasta el corazón de nuestra fantasía. Es la producción de producción, múltiples acoplamientos en el que se moldea el fantasma en el mismo recorrido que emprende su búsqueda.

Y aquí entramos al punto crucial: durante años, el porno circuló por nuestras vidas como una telaraña que intenta capturar lo más íntimo de nuestro fantasma; sin embargo, actualmente la función se extendió y parece, más que capturarlos, producirlos.

Linda Williams es de la época en donde, además de no ser tan populares algunos fenómenos como el squirt, se seguía imaginando que el futuro irrevocable del porno sería el del sexo virtual, con las fantasías cyberpunk del casco virtual y los electrodos conectados a puntos neurálgicos del cuerpo. Sin embargo, uno no debe investigar mucho para notar que aquel proyecto tecnológico/antropológico fracasó considerablemente (es cierto que hay algunos que incurren en estas prácticas, pero convengamos en que suelen pertenecer más a la fauna de personajes de documentales eróticos de I-Sat que a personas con las que nos topamos cotidianamente). Diferente de la hipótesis más sencilla de que semejantes cascos y prótesis tecnológicas no funcionaron del todo por lo caros que son y por la innegable aparatosidad del producto, el fracaso de la realidad virtual se debe a un shifting mucho más profundo, propio de los últimos diez años: mientras que en los 80’s, 90’s, la idea era hacer virtual lo real (videojuegos shoot’em up, paseos por la Capilla Sixtina con el casco, sin moverte de tu casa, etc.) en la actualidad el ideal es, más propiamente, hacer real lo virtual. El sexo virtual poco puede hacer frente a esa suerte de Hortensias del siglo XXI con calor y tonificación corporal, o la infinita variedad de alteraciones hormonales, operaciones estéticas y biodiseño que ofrece la nueva ciencia.

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El año pasado salieron a la venta dildos de dragones, es decir, artefactos para el placer femenino o masculino con forma de pene de dragón (marcando que ya no tenemos que buscar nuestros objetos de placer, sino crearlos). Ya en el hentai japonés  existía una extensísimo bestiario de seres con falos de todas las formas y colores, al punto de llegar a constituir un género pornográfico en sí mismo, el tentacle porn (en donde mujeres son asediadas por seres llenos de tentáculos dispuestos a meterse en los recovecos más íntimos de su persona). La erótica japonesa desde largo tiempo ha sido atravesada por la existencia de pulpos. Posiblemente el documento más conocido de esta pornucopia es El sueño de la mujer del pescador, imagen del período edo a cargo de Hokusai, en donde vemos a una mujer gozando con un gigantesco pulpo que avanza en su entrepierna. Lo que Hokusai no sabía es que la señora del pescador despertó hace tiempo, y el famoso pulpo ya no es un sueño, está encapsulado, en forma real, flotando en líquido amniótico mientras espera a ser liberado.

publicado en Tiempo de Crítica

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