Distancia con charm: la verdadera unidad blanca

Harto sabido es que cada partido político busca anclar sus discursos en una simbología, una puesta en escena. Bien conocida es a la que recurren los blancos en los territorios donde se supone cosechan más votos y donde ciertos tips también son clichés, grandes lugares comunes que persiguen para conectarse con sus masas. Masa, lo que se dice masa, no había mucha en Santa Clara, un pueblo de unos 3000 habitantes que cada tanto (cinco años) ve desembarcar a unos señores de apellidos políticos antológicos en autos costosos repartiendo sonrisas, abrazos y apretones de mano y hablándole al púlpito en una lengua impostada. La película es vieja y el cuento conocido pero queda la pregunta sobre la ignorancia: ¿los dirigentes creen que pueden arengar a sus votantes con algunos favores de pueblo y dos ¡Viva Aparicio!? Pasa en todos lados, claro, acá nomás y en una ciudad monstruosa y absolutamente cosmopolita como es Buenos Aires, millones se enardecen y pierden la cabeza cuando se vitorea  “Perón, Perón que grande sos”. No es un asunto de campo – ciudad, entonces, es un  asunto de consignas, de la necesidad de un ícono que trascienda el tiempo y que se instale como muletilla poderosa, incuestionable.

Pero hay una distancia feroz entre Perón y Aparicio, entre el campo y la ciudad, entre esos dirigentes que fueron a Santa Clara y el pueblo al que le hablan. La distancia, insalvable, violenta, se ve en cada gesto, en la ropa, en las formas de decir. En esa mujer rural que mira absorta, con fascinación, a la mujer de un dirigente que no tuvo el tupé (qué palabra tan paqueta) de cambiar el conjuntito a lo Coco Chanel y los tacos que se entierran en el barro por cierta fineza real: la de acercarse un poco (aunque sea bajándole un tono a su vestimenta) a la mujer de manos agrietadas y años de agachar el lomo. Entonces es eso lo que aparece con más evidencia en medio del campo y las invocaciones a Aparicio (también a Wilson Ferreira Aldunate), la de una lejanía enorme entre los despachos de Montevideo (y las estancias y los estancieros)  y esa gente a la que se habla en un lenguaje con tono campero pero absolutamente artificial, impostado, de teatro político. Hace tiempo que no podemos escribir ciertas cosas porque supuestamente pecamos de antiguos, poco aggiornados, de barricada, y Luis Lacalle Pou lo sabe bien y por eso su apelación discursiva se ha vuelto contemporáneamente perfecta: ni izquierda ni derecha, ni ricos ni pobres  y todos “somos” parte de lo mismo y ellos y él son policlasistas. El trabajador rural y el estanciero que lo explota, son los mismo, uruguayos. Y uno escucha esos discursos y los ve a todos juntos firmando la Proclama de Santa Clara y no puede más que sentir un ardor que sube por la garganta y un grito ahogado que también hemos dejado de escribir. Están todos ahí, alrededor de una mesa ovalada, con esa seguridad corporal de los blancos, esa altanería que les es propia, esa, digámoslo sin tapujos, pertenencia de clase. Lacalle Pou  dijo en su discurso del privilegio de pertenecer al partido y su pasado, sus luchas, el “ser blanco”. Tremendo privilegio.  Uno de los puntos de la proclama habla de “distribución de la riqueza”. Acto fallido o declaración de principios, quién sabe, porque la riqueza ya está distribuida y no sería fácil redistribuir esos campitos alrededor de la tumba de Aparicio. Por las dudas: nadie dice acá que haya que apelar al odio y a la lucha de clases (tantas veces otro slogan, otro panfleto), sólo se dice lo que existe, lo que rompe los ojos.

Los dirigentes de todos los pelos le hablan a un hipotético votante que, por lo general, aplaude y toma mate abajo del escenario. Pero a veces a ese dirigente se le nota la conexión con el público o maneja una oratoria que seduce hasta el contrincante. Mujica en el Interior es el Platón de los peludos. Vázquez en donde sea actúa como un didáctico pastor.  Bordaberry intenta desmarcarse tanto de todo (los blancos, la izquierda, la derecha, su propio padre) que se pierde en su falsa neutralidad aunque de vez en cuando quiera rescatar algo del batllismo. Los blancos no, no pueden desprenderse de ese no sé qué que los constituye. No los blancos de a pie sino sus dirigentes destacados, porque los votantes blancos, los hombres y mujeres de Santa Clara o cualquier otro pueblo, pertenecen al partido esencialmente por dos razones: la apelación gaucha, de lanza y de gesta, de reivindicación de “hombres de campo”,  o porque esperan algo, una promesa, una casa, una lamparita, un puesto municipal (y muchas veces lo reciben). En definitiva, ahí está el secreto de la fidelidad: más allá del país y los grandes cambios, el votante blanco que es fiel, termina recibiendo algo a cambio (para él, para su hijo). De dónde saca uno todo esto, qué estudio o encuesta lo sostiene: y bueno, aunque no parezca uno fue un niño de campo (con familia y vecinos y gobernantes blancos).

Y allí en Santa Clara los dirigentes de siempre repitiendo la historia, elección tras elección. Y hablándole en una lengua extraña, cuando se ponen en la de políticos serios, a sus votantes. ¿De qué habla realmente Abreu cuando nombra déficits fiscales y nomenclaturas de gabinete? A esa gente no le dice nada pero más que de un engaño tenemos que hablar, otra vez, de una gran distancia, de dirigentes que no saben quiénes son sus votantes ni cómo es el pueblo en el que viven.

El que sí vive allí es el bisnieto de Aparicio, Jorge Saravia, que después de una incursión impertinente por el Frente Amplio volvió a su origen y ahora es otro hombre más de Lacalle Pou. En el acto no se lo vio ni en figurita pero quizás sea un hombre clave en esa aventura campestre para hablarles a las huestes. Porque en política el que no habla, pierde. Si hablamos de no hablar, de distancias y de hombres de partido, no podemos obviar a las figuras femeninas: Verónica Alonso y Ana Lía Piñeyrúa suben un poco tarde al escenario (como siempre lo hicieron las mujeres en la política uruguaya). No toman el micrófono, simplemente están allí como parte de un decorado aunque sean mujeres inteligentes y hábiles declarantes. Supieron meterse en la escena para no bajarse. Pero aparece otra vez la pertenencia, parecen las hijas putativas de Julia Pou de Lacalle: esa prestancia, ese charm, esa lejanía con los canarios. No es que para ser un buen dirigente haya que provenir de las clases populares (eso en principio no da ninguna garantía y de hecho la dirigencia política generalmente no pertenece al pueblo) pero sí habría que tener un poquito de pudor: decir pueblo vestido de Chanel suena un poco raro (otra vez mirar al otro lado del río: ay, Evita).

Nada nuevo bajo sol, claro. La distancia entre los dirigentes y los hombres a los que les hablan, es mucho más vieja que el Partido Nacional.  La distancia entre las camisas Polo y las alpargatas gastadas, entre la lengua de los dirigentes y la vida de los dirigidos, es ya un lugar común. Lo que asombra, quizás, es que se repita, imperturbable e igual a sí misma hasta el hartazgo.

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