La contradicción de la murga

Como todos sabemos, la murga y el candombe son expresiones artísticas que caracterizan nuestro folclore y, como tales, son elementos constitutivos de nuestra nacionalidad, de nuestro “sentir” uruguayo. A diferencia del candome, la murga desarrolló a lo largo del siglo XX una impronta crítica abierta a la realidad y al acontecer político que ha pasado a ser parte de la identidad del propio género. Es común suponer que las murgas tienen que criticar y que una murga que no realice cierto tipo de crítica vea cuestionada su calidad de tal. Pero, ¿qué es lo que hay que criticar? ¿Cuál es la crítica que hay que hacer? ¿Tiene que ser necesariamente acerca del acontecer político?

Durante mucho tiempo se habló de la existencia de dos tipos de murga, la de La Unión y la de La Teja, mientras que en la actualidad se ha desarrollado otra caracterización que se entiende como alternativa o complementaria a las anteriores, la de murgas estilo “murga vieja” o de estilo “murga joven”. Estas catalogaciones obedecen al tipo de espectáculo que desarrollan, a los recursos musicales utilizados y a la crítica explícita o implícita que presentan. Pero más allá del formato que adopte, la murga es una expresión institucionalizada, establecida, que consta de una serie de elementos corales, musicales, visuales y discursivos que son característicos, que la hacen lo que es y que resultan fundamentales para su caracterización.

Es interesante la vinculación del carácter crítico del género con su principal espacio de desarrollo, el concurso de Carnaval. Este, como concurso, consta de ciertas reglas y requisitos formales e informales que terminan suprimiendo cualquier atisbo de festividad en las exigencias de una competencia. ¿Cuál es la relación entre el discurso crítico de la murga y el concurso en el que se enmarca? ¿Cómo condiciona lo implícito y lo explícito de la competencia el desarrollo de este discurso? ¿Se puede decir que la murga es una práctica artística en la cual el artista puede desarrollar una crítica absoluta? ¿Qué tan afianzada esta la competencia en la identidad del genero mismo?

Parecería que son las exigencias del concurso las que enmarcan el discurso crítico de las murgas llevándolo siempre a los mismos lugares comunes haciéndolo caer en una contradicción fundamental y, a su vez, constitutiva. La crítica murguera sólo transita por lo anecdótico del acontecer político de acuerdo a ciertos marcos preestablecidos y realiza un cuestionamiento rígido en clave de discursos y prácticas comunes que se han afianzado en el tiempo y reforzado por el concurso. La murga se presenta como un género reificado, cosificado, cuya contradicción estriba en que pretende ser crítico sin serlo en su totalidad. ¿Por qué no? Porque si bien la crítica que hace se realiza en base a lo que sucede en la política, esta crítica en sí no es política. No es política porque no critica los parámetros que establecen qué es la “crítica murguera” y lo que es una murga en sí. No cuestiona los efectos políticos de su discurso que reduce la crítica a la crítica del acontecer político y que desplaza cualquier tipo de alternativa dentro del género. Basta pensar en la suerte que suelen tener por lo general La Mojigata, La Gran Siete o Queso Magro en el concurso de Carnaval.

La murga en general parece no reivindicar su estatus último de arte, a su vez que no critica los discursos, los parámetros y las practicas comunes que hay que respetar para ser una murga, y si lo hace, lo hace de desde esos mismos lugares comunes reproducidos en el concurso. El discurso de la murga, en el marco del concurso de Carnaval, no cuestiona aquellos elementos que la hacen ser como es, por ejemplo, la masculinidad del coro, el rol de las mujeres en este, la necesidad demagógica de abusar de momentos “sensibleros” que traten de conmover al espectador en busca de su aplauso, etc. sino que los reproduce la mayoría de las veces. El carnaval parece no ser una fiesta, sino simplemente una competencia y una suerte de afirmación del statu quo. La pregunta, entonces, es cómo puede pretender una murga ser realmente crítica, consecuente con su discurso.

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