Metástasis del Registro III: Pisándole la sábana al fantasma

David Caruso esta hincado, mirando al cadáver con una mueca de desdén, mientras sus manos juguetean con las patillas de sus lentes de sol. Suena su celular y se incorpora lentamente. Algo en su rostro cambia, no es precisamente alegría, pero uno sabe –al menos por las cinco o seis caras a las que nos tiene acostumbrados- que acaba de dar con algo. Cuando los otros policías le preguntan qué acaba de ocurrir, se coloca lentamente los lentes y dice “Parece que…encontramos semen”, y todos sabemos qué pasa cuando Caruso se pone esos lentes.

CSI ha destronado a las series de médicos como el mascarón de proa de la ciencia moderna, aún cuando tratamos de una disciplina que está lejos de presentar los criterios de infalibilidad del resto de las ciencias, por no decir incluso de la medicina en general. En su conversión a meros recolectores de semen, CSI realiza un quiebre epistemológico con el paradigma detectivista cartesiano, no sólo del clásico Sherlock Holmes, sino también del Inspector Clouseau, o el más reciente Adrian Monk. CSI es el triunfo definitivo de la tecnología por encima del método hipotético deductivo; es la versión definitiva del lema Los Expedientes X, “La verdad está ahí afuera”, sólo siendo preciso dar con el elemento y artefacto correcto para medirla o registrarla.

Un tipo muere por un golpe con un objeto contundente. Por la radiografía del impacto, descubren que fue un martillo. Navegan en una base de datos que incluye el registro de TODOS los martillos producidos y vendidos en el estado de Florida. Dan con el fabricante, que oportunamente tiene en su depósito cintas de video donde aparecen CADA UNO de sus compradores. A primera instancia no se puede ver, pero un procesamiento digital permite ver la chapa del automóvil de un sospechoso. En la base de datos de las patentes descubren que el número corresponde al de la esposa de la víctima. Anudan a la viuda como cómplice de aquel asesino. Caruso tira una frase ingeniosa. Caso resuelto (acabo de inventar la trama). Ahí está la maravilla de CSI: es más científico que la ciencia, creando objetos discretos que, a veces, ni siquiera existen. Si les das un poco más de hilo, te pueden sacar el ADN de un eructo que quedó flotando en la escena del crimen.

En entregas anteriores hablábamos de cómo el registro había cambiado el balance de la experiencia en sí, de cómo su inscripción simbólica se volvía en el único criterio. Más tarde pusimos el ejemplo del porno en la medida en que su propia subdivisión de géneros, más que adaptarse a ciertos fantasmas/fantasías del espectador, tiende a producirlos –y reproducirlos-, ya no únicamente en el terreno imaginario, sino en el cuerpo mismo. Lo de CSI no es un caso excepcional, habiendo un montón de productos culturales con los mismos conceptos base: a) la idea de un registro que se basta a sí mismo (en Lie to me, Tim Roth puede descomponer en una hermenéutica radical de los gestos faciales de los acusados la verdad o mentira de sus alegatos); b) En el caso de no haber registro preexistente e inmediato, la posibilidad de crear el objeto concreto a su  medida. Ya no es necesario citar los sofisticadísimos dispositivos tecnológicos de CSI, sólo basta traer a mención misteriosos compuestos como las creatinas en los shampoos, o los electrolitos en bebidas para deportistas –cosas que nadie sabe realmente que son, pero que se supone que de una manera u otra hacen bien.

Una primera mirada escéptica consistiría en señalar el engaño subyacente en dichos productos creados por el mundo publicitario: cuando no nos inventan el objeto discreto, elevan a condición de distinción de la marca algo que ya se podía encontrar en el resto de los productos (el famoso “It’s toasted!” de los cigarrillos Lucky Strike, cuando cualquier tabaco debe atravesar el mismo proceso –imaginemos una cerveza que diga “¡Hecha a base de auténtico lúpulo!”). Sin embargo, uno vuelve sobre estos ejemplos y nota que la versión más auténticamente ingenua no es tanto la de creerse aquellos anuncios, sino la de meramente reducir aquello a un burdo engaño. Porque cuando se cierra el círculo no hay engaño alguno: en la misma medida que nos crea como consumidores, es el instrumento de medición –y no al revés-  el que produce su objeto.

Skip Intelligent parece, no sólo ser inteligente, sino tener una auténtica alma. Llega a la prenda y las micropartículas miden el nivel de grasitud, color y textura de la mancha, para luego “decidir” cuál es el mejor tratamiento posible. Esta animización del producto –definitivo y último paso del fetichismo de la mercancía- acompañada por la cosificación del comprador, es justamente el centro de polinización mutua entre imaginario y real, fantasía y corporeidad, que da forma a los nuevos procesos de producción de subjetividad y cuerpo en la metástasis del registro. En su artículo El Ciberespacio o la suspensión de la autoridad, Slavoj Zizek señalaba cómo asistimos al paso de la cultura moderna del cálculo a la cultura posmoderna de la simulación, diciendo: “Si el universo moderno es el universo de bytes, cables, chips y corriente eléctrica que se oculta detrás de la pantalla, el universo posmoderno es el universo de la confianza ingenua en la pantalla que vuelve irrelevante cualquier examen de “lo que hay detrás de ella””. En los ochenta la estética sobrecargada y futurista de las computadoras –haciendo hincapié en los botones, las palancas, los tonos cromados, metálicos- contrasta con el diseño actual, con las computadoras despojadas de cualquier viso de máquina, reducida a su formato más amable, colorido, o infantil, en una negociación de símbolos donde todo debe, no sólo ser sencillo, sino también “a la mano”. Donde antes el sistema operativo en DOS te obligaba, en cierto punto, mantener contacto con el extraño mundo de código que hay detrás de cualquier operación, los modelos MAC (encontrando en el Ipad su máximo exponente) cada vez intentan ahorrarte en la interfase más procedimientos, al punto que reduce la interacción al simple contacto físico de la touchscreen, un regreso tópico al gesto indicativo –de los primeros gestos comunicativos preverbales de la infancia. Quizás, un ejercicio perfecto para ver este shifting de diseño sería comparar el interior del DeLorean, de Volver al futuro, con los escenarios, arquitectura y dispositivos de la versión futurística de Her (Spike Jonze, 2013)

HER

Los japoneses han entendido mejor que nadie esa dimensión óntica del objeto, posiblemente por el animismo que dominó su pasado cultural –llama la atención, ni bien uno pisa Tokio, la cantidad de objetos que tienen rostro, desde celulares hasta golosinas, pasando por televisores, masajeadores y facturas (!).

En Metástasis del registro II señalábamos cómo, hoy en día, el principal interés de la tecnología es, más que hacer virtual lo real, hacer real lo virtual. Por esta misma razón, podíamos citar una serie de ejemplos que iban desde prácticas sexuales hasta operaciones estéticas, llegando a tocar el biodiseño y alteraciones sobre el genoma humano. Sin embargo, el acento, cuando llega al mundo de las ciencias, parece desdoblarse justamente en su opuesto (opuesto que, naturalmente, termina tocándose con la misma dimensión): la mayoría de las teorías e invenciones de la ciencia moderna ya no están ancladas en objetos concretos del mundo, lanzándose a una física espacial y temporal irreproducible en nuestras coordenadas diarias. No sólo los experimentos se realizan en simuladores, sino también adiestramientos aeronáuticos, incluso dispositivos militares. Los heroicos tiempos de las trincheras y el gas mostaza terminaron y cada vez es más difícil diferenciar a la guerra de una partida del videojuego Counter Strike.

La perfecta concordancia entre mente y cuerpo es imposible y siempre está gobernada por una especie de virtualidad insoslayable. Quizás el mejor ejemplo de esto es el caso del brazo fantasma, cuando luego de una amputación, la persona sigue sintiendo el brazo como agarrotado, por más que ya no está concretamente ahí. El ciberespacio es el primer terreno donde esa frontera virtual entre cuerpo/sociedad y mente/subjetividad se ensancha, abandonándonos a  un terreno en donde las cosas ya no están tan claras. Los únicos casos en donde suele darse esta correspondencia quimérica entre mente y cuerpo es en el cuerpo esquizofrénico, donde lo forcluido en lo simbólico reaparece en lo Real. El discurso psiquiátrico clásico suele hablar de estos pacientes desde lo que les falta: falta de contacto con la realidad, falta de habilidades asociativas, falta de usos sociales básicos, etc. Sin embargo, penetrando en el delirio uno percibe que justamente lo que falta ahí es un agujero en el saber, algo que ponga en juego el recurso de la simbolización. Facebook desarticula radicalmente la noción de soledad, de estar solo, pero también la de estar acompañado, porque genera un terreno de suspensión donde nuestros conocidos están perpetuamente ahí. ¿No es justamente esa omnipresencia, esa presentificación a ultranza justamente la dimensión misma de esta falla significante?

Curioso por donde parezca, un católico ortodoxo ruso como Andrei Tarkovski fue quien supo anticiparse o leer mejor los cambios a ocurrir con el mundo de la tecnología y la ciencia. Si uno desmonta sus películas Solaris (1972) y Stalker (1979) nota cómo cada una de ellas se atiene a explicar un funcionamiento específico del ciberespacio. Los dos films hacen de una porción de geografía específica el auténtico personaje. En Solaris era un planeta en el cual, al quedar suspendidos en su órbita, los tripulantes de la nave veían cómo tomaban cuerpo algunos personajes de su recuerdo. En Stalker, una zona perimetrada y protegida por el ejército hacía realidad los deseos de cualquier persona que se adentrara en ella. La premisa de Tarkovski parece ser similar: uno no es consciente de lo aterrador de la corporeidad de su recuerdo, así como tampoco de la dimensión traumática de su deseo. En cualquiera de las dos circunstancias, el acercamiento excesivo a aquello que los personajes buscan suele ser disparador de locura o de muerte –sea suicidio, o de otra naturaleza. Estos dos planos tratados en sus films guardan relación íntima con las características del universo de bits: la web como ese espacio donde la banda de Moëbius del tiempo aparece fracturada, donde  todo lo que viviste o lo que pasó puede ser citado, emerger de la nada; a su vez, la web va anticipándose, territorializando al mismo deseo del usuario, desarticulando la relación entre deseo y demanda. Los motores de búsqueda se vuelven cada vez más sofisticados y con la función de autorrelleno logran sugerir/conducir a lo que el usuario “realmente” quiere. No es sorpresa que en estas condiciones del deseo, libros como El secreto se hayan convertido justamente en la biblia de jóvenes emprendedores y corredores de bolsa (¿y qué es la bolsa sino el reducto más radical de lo Real?)

En este avance sobre el deseo del usuario/espectador, la ciencia parece anticiparse al borramiento del punto ciego que siempre le fue inherente, el dominio de lo inexplicado que da pie a la fantasía. Sin ese agujero, sin ese punto ciego se desvanece el dominio de las proyecciones que no sólo regulan un marco de significado, sino la idea de realidad misma. Cada vez es más indiscernible lo imaginario de lo real, donde lo simbólico va cayendo justamente por su estiramiento, su presencia sin ausencia. Tal como dice Zizek en el artículo anteriormente citado: “En la actualidad, el funcionamiento social del ciberespacio tiene el problema de que llena potencialmente el vacío, la distancia entre la identidad simbólica pública del sujeto  y su trasfondo fantasmático: las fantasías se exteriorizan cada vez más en el espacio simbólico público, la esfera de la intimidad se socializa de forma cada vez más directa”. El fantasma es lo que nos da soporte de realidad, aquello que cuando se retira, a menudo nos arroja a las puertas del pasaje al acto.

Por extraño que parezca, uno de los mejores ejemplos sobre la caída del terreno fantasmático lo encontramos en el caso de Christian U, ganador de la edición 2011 de Gran Hermano. Christian empezó algo erráticamente por la casa de Gran Hermano, pero con el tiempo fue afianzándose como uno de los más grandes estrategas de la serie. Lo llamativo de Christian U es cómo la estrategia era presentada, desmontada en el mismo show, a diferencia de personajes insignes de anteriores ediciones que se preocupaban de manipular no sólo a los integrantes de la casa, sino al mismo público. Con Christian U se da algo diferente: no se siente obligado a engañar a los espectadores y, lo que es más extraño aún, a los mismos compañeros de la casa. A partir de ahí –y sobre todo a medida que Christian resulta ser imbatible, no sólo en las nominaciones, sino también en el teléfono- nos sumergimos en un mundo donde los personajes se asumen como meras fichas de ajedrez, donde de lo único que se habla en la casa es sobre quién va a votar a quién, cómo y por qué. Se pierde el símil con la vida cotidiana, pareciéndose aquello al desmontaje del juego a un álgebra abstracto, sin sentimientos, sin historias ni sorpresas. Lo que cae no es otra cosa que el manto fantasmático: lo que se pone en juego ya no es la fantasía perversa, voyeur de estar viendo a personas reales convivir y sufrir (el “como la vida misma” insigne del programa), sino la fragmentación del universo a una serie de variables concretas, en pocas palabras, la reducción del mundo a una pantalla.

Es justamente esta retirada de lo fantasmático lo que perpetúa estas mutaciones cada vez más notorias en el cuerpo. Donde en la clínica psicoanalítica clásica reinaba la histeria, ahora se da lugar a los trastornos por consumos de drogas, las enfermedades psicosomáticas, los últimos escandalosos casos de canibalismo.

La pregunta es: si el registro va haciéndose carne ¿qué pasa cuando casualmente es borrado? En un mundo donde nada parece escapar al registro, este parece un discurso meramente alarmista. Sin embargo, la caída de google videos, los servidores de Megaupload y, más que nada, la antigua Geocities devenida en una Tikal de bytes, señalan ese otra cara de la moneda: el desierto virtual, el cementerio de la fibra óptica. Con un creciente almacenamiento de datos en la famosa “nube virtual” –sitios como Google Drive, ICloud o Dropbox desplazando los viejos y queridos dvd grabables (que, en cierta medida seguían manteniendo una suerte de sustrato físico)- al mismo tiempo que se acerca y acelera nuestra capacidad de codificar nuestra identidad en base a lo que vamos registrando, también nos deja en un hilo, en donde todo puede ser borrado por una súbita caída del sistema –o un mandato de “más arriba”, por ponernos a coquetear con la paranoia de Phillip K. Dick.

Nuestros brazos, nuestra piernas, nuestro páncreas, todo al borde de ser borrado con un sólo click. Cuerpos sin órganos, flujos de bytes, hipervirus, implantes, ciberparasitismo, carne en pastillas, canibalismo, hongos de scripting creciendo en los bordes de nuestras identidades.

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