El año en que fuimos cultos

Es difícil precisar cómo una voz, sólo la voz, apenas el timbre de una voz, puede, de la nada, sumergirte en una extraña tristeza. Ayer cruzaba el corredor de mi casa y de repente la sentí, atravesando el living, retumbando, más que en mis oídos, en una región perdida de mi cráneo – como esos olores que se sienten con el estómago, más que con la nariz- esa voz que había sido parte casi omnipresente de la mayoría de las noches de mi familia. Aunque parezca difícil pensarlo, yo casi me había olvidado de esa voz, de ese hablar a gritos sin esfuerzo alguno, como a través de un megáfono invisible, pero no tuve que escuchar ninguna palabra y ya supe que había vuelto, posiblemente para quedarse.

Nunca fui un detractor acérrimo de Tinelli. Siempre me pareció que el odio declarado a su persona venía como un reverso gozoso y autoindulgente del mismo fenómeno que se criticaba, un demarcador de clase a mano que nos permite acomodarnos con poco dentro del bando de los buenos, como cuando Viola en la fiesta de Jep Gambardella en La Grande Bellezza no reconoce una vedette caída en desgracia y al decir que no tiene idea de quién es por no tener televisión, Stefania le dice “todos sabemos que no tenés televisión, desde que te conozco me lo decís todos los días”.

Desde chico tenía una fantasía de acumulación en la que cuanto más uno supiera siempre iba a ser mejor, y nunca me molestó aprenderme árboles genealógicos de amantes de vedettes, anales históricos de peleas y juicios entre capocómicos, o el nombre de una u otra figura de baile con la que se intenta dotar al supuesto certamen de baile de una especie de seriedad. En ese proceso, vi a Tinelli en una edición infantil del Bailando por un sueño disfrazarse de Willy Wonka y verter un largo tubo de rocklets sobre las bocas de unas bailarinas arrodilladas, o arbitrar un partido de fútbol de enanos sobre hielo, y mi reacción, más que de indignación, estuvo suspendida en la extraña fascinación de quien ve los restos de un accidente de tránsito, o una impensable escena de porno japonés. Algo de no creer lo que uno está viendo –y no poder dejar de verlo-, más que de encolerizarse. Y también siempre manejé la noción de que, en alguna medida,  tenemos la tele que nos merecemos, y que Tinelli no tiene más culpa que la de ser el perfecto significante de una última década uruguaya, que en lo cultural será con el tiempo recordada como nuestra versión tardía del menemismo argentino de los noventa.

Es decir, nada personal con el cabezón (como recuerdo que le decían en aquella época en que varios amigos y yo llenábamos de plata a Punta Ballena, comprándonos en la cantina del colegio sus alfajores para ver si podíamos metérnoslos todo de una en la boca).

Pero ayer lo escuché y el tiempo se precipitó como si de golpe me viese en un gigantesco almanaque y se erigiera ante mí, en tamaño natural, los sucesos que ocurrieron del 2012 a este año. Y ahí fue que me di cuenta, de una forma casi visual y táctil, cómo cambió todo por mi casa en ese 2013 en el que Marcelo no estuvo en la televisión.

Al principio los programas satélites seguían, pero las noticias, de cierto modo, se fueron desinflando lentamente. Los almuerzos con Rial siguieron estando en mi casa, pero más esporádicamente, como un amigo con el que cada vez es más difícil coordinar para juntarse, intercalándose sus apariciones con informes de ESPN, Fox Sports, o alguna serie mal doblada de algún canal como TNT.

Y las noches se fueron poniendo igual de extrañas. De a poco del otro lado del corredor (porque, a no engañarnos, en la mayoría de las circunstancias, yo seguía en mi cuarto, aprovechando la noche para ver mis propias películas, o quemar madrugadas enteras en Facebook) escuchaba voces extranjeras, no sólo americanas o inglesas, sino francesas, alemanas, o árabes. Y las almuerzos y las cenas pasaban y mientras la voz de Rial se iba haciendo cada vez más finita e inaudible, mis padres me comentaban si había visto esta película, o esta otra, o que habían leído una nota mía en la diaria sobre una que vieron y que no estaban de acuerdo con lo que yo había escrito, o me preguntaban si sabía en qué otra película aparecía tal o cual actor.

Una gran cantidad de veces no estábamos de acuerdo, con mi fastidio ante Campanella y las comedias francesas por un lado, y por otro mi viejo y esa fascinación febril que tiene por cualquier cosa en la que actúe Ricardo Darín, o mi madre y esas comedias con protagonistas cocineros en las que hay determinado momento del film en que la comida sirve de metáfora sobre algo central a la trama, pero aun así, las charlas iban y venían y con el tiempo fui notando que mis viejos casi doblaban la cantidad de películas que yo veía semanalmente, muchas veces anticipándose o recomendándome cosas de las que ni siquiera había oído.

En ese tiempo les mostré las bondades de la piratería, les expliqué sobre descargas directas y torrents, sobre cómo bajarse aparte los subtítulos e incluso cómo sincronizarlos en el caso de que tuvieran un desfasaje. De que no hay que descargar con Internet Explorer, de cómo es más útil usar el VLC antes que el Gom Player. Y mis viejos habían vuelto a ver películas, muchas de ellas buenas, y ahí, de a poco, nos encontramos discutiendo sobre Abdellatif Kechiche y la inmigración en Francia, sobre Lars von Trier y asteroides,  sobre Hannah Arendt y la teoría de la banalidad del mal, sobre The Wire y la futilidad de la guerra contra las drogas, o sobre las diferencias entre las tríadas y los yakuzas.

Nunca fui de esos que creen en la accesibilidad como un bien en sí mismo, ni siquiera en los vanagloriados beneficios de la lectura, como si fuera un beneficio independiente de qué se lea, pero en el 2013 con mis viejos nos encontramos hablando sobre estas cosas, dándome cuenta de cómo, aun siendo meramente un espejo de lo social, sin Tinelli y todos sus programas satélite, de golpe se iba armando un terreno propio, definido, discutido y moldeado por algo cercano a un “nosotros”.

No creo que haya pasado lo mismo en todas las casas y tampoco sé a ciencia cierta qué generaría una hipotética desaparición (física o simbólica) del conductor, pero yo recordaré al 2013, a escala familiar, como una especie de imprevisto período renacentista.

Ahora en la tele del living un programa recopila los mejores momentos del programa del lunes y lo escucho a él gritar, gritar, gritar, con su voz dándose sobre mi pecho como una bandada de pájaros suicidas sobre el ventanal, como si esa boca gigante ahora me devorara a mí. Del otro lado están mis padres, sentados en los sillones de tres cuerpos y solamente queda decirme para mis adentros “Fue lindo mientras duró”.

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